‘Shining Vale’, una mezcla eficaz de terror y comedia con la depresión como telón de fondo

¿Qué pasaría si Jack Torrance fuese mujer, escribiese lady porn y se mudase a una casa encantada en Connecticut? Pues que en lugar de El resplandor protagonizaría Shining Vale. Con Courtney Cox y Greg Kinnear encabezando el reparto, la serie que este domingo estrena Starzplay cuenta con dos guionistas familiarizados con la comedia como Sharon Horgan (Catastrophe) y Jeff Astrof (Friends). Juntos firman una serie de terror y humor de ocho episodios que saca partido a la mezcla.

En Shining Vale se aúnan muchas decisiones de guion, trama y casting que hacen que todo funcione, encaje y sorprenda yendo de la risa/sonrisa al sobresalto/susto con un ritmo al que le sientan especialmente bien los capítulos de menos de media hora. El punto de partida es el de una familia disfuncional, los Phelps. En una huida hacia delante o intento por salvar lo poco que queda de ellos como grupo se mudan de Brooklyn a Connecticut dejándose todos sus ahorros en una casa que, a todas luces y metros cuadrados, debería costar más del cuarto de millón de dólares que han pagado por ella.

Hasta allí se van Pat, Terry y sus dos hijos adolescentes, una joven desubicada (Gus Birney) y un chaval adicto a la y con problemas de sobrepeso (Dylan Gage). Pat es una escritora de un solo éxito en sequía creativa que tuvo un tórrido encuentro con quien vino a su casa a arreglar el fregadero. Diagnosticada de depresión, lidia con todo eso y con el miedo a perder la cabeza como le ocurrió a su madre. Su marido, Terry, no termina de perdonarle su infidelidad y, aunque intenta pasar página, está a un problema de estallar y tirar todo por la borda por muy buena cara que ponga.

Deben reiniciar sus vidas y su familia. Sin embargo, no todos están por la labor

Así, en este plan, llegan a su nueva casa. Deben reiniciar sus vidas y su familia. Sin embargo, no todos están por la labor. Hacer borrón y cuenta nueva no siempre es fácil, pero menos lo es aún cuando Pat empieza, ya en la carretera camino de su destino, a ver cosas (o más bien personas) que solo ella puede ver. Una niña un tanto tétrica y, sobre todo, una señora con pinta de haber vivido en los cincuenta, más muerta que viva, interpretada por Mira Sorvino y que se presenta ante Pat como su musa. Aunque pronto se descubrirá que en realidad tiene una agenda oculta que desconoce aquella cuyo cuerpo ocupa con su consentimiento.

Los ingredientes para el humor están ahí: en esa familia rota, en el personaje de Kinnear –quien da rienda suelta a su vis cómica– y en las situaciones alocadas a las que deben enfrentarse día tras día. Los de terror los ponen los ruidos extraños, las apariciones por sorpresa, los objetos que se mueven solos y un escenario, la casa, que lo tiene todo para ser una mansión tan terrorífica como las de las series de Mike Flanagan.

Como aliciente extra, a lo largo de los seis capítulos vistos antes del estreno de hoy se aprecia constantemente ese toque de referencia paródica a un clásico del terror como El resplandor en muchos aspectos tanto narrativos como visuales muy bien insertados en el desarrollo de la trama. Descubrirlos y saborearlos es parte de la experiencia. También tiene su gracia el hecho de que una actriz conocida y reconocida por su papel en una comedia como Friends y en una saga de terror como Scream aúne aquí, en un solo personaje, ambos extremos.

La depresión vista como un demonio

Eso en cuanto a la superficie, a la forma y a la trama central que viaja del terror al drama familiar pasando por la comedia. Más allá, y por eso sorprende tanto Shining Vale cuando se entra en ella, se instala el paralelismo que establece entre la depresión y la posesión. Una forma de abordar el tema de la salud mental singular y con una perspectiva de género interesante. Es algo que se anuncia sin rodeos con esa leyenda que da paso al primer capítulo, pero que no se entiende del todo hasta dónde profundiza hasta que van pasando los episodios.

Se instala el paralelismo que establece entre la depresión y la posesión

«Las mujeres tienen aproximadamente el doble de probabilidades que los hombres de sufrir depresión. Los síntomas incluyen: sensación de impotencia, insomnio, cambios en el deseo sexual, alucinaciones y sentirse completamente fuera de control. Las mujeres tienen aproximadamente el doble de probabilidades de ser poseídas por un demonio. Los síntomas son los mismos…», se lee en la pantalla antes de dar a conocer a quien sufrirá esos síntomas. El personaje de Pat es presentado dentro de su propia mente. Fuera de ella, en el coche, su marido canta como un descosido mientras su hija protesta y ella parece no enterarse de nada porque está absorta en su mundo.

La serie explora el estigma de la salud mental asociado a la mujer. Para Pat se ha convertido en un miedo que la persigue, en una piedra con la que teme tropezar. Su madre tuvo problemas, estaba enferma. Ella misma ha pasado por algo a lo que no quiere volver. Tiene sus propios demonios internos, tan peligrosos como ese externo que la acecha. O puede que más. Está por verse de cara al desenlace final.

Desde fuera, sin embargo, su comportamiento es visto bajo el cartel que le han colgado de loca. Como está loca ve niñas que nadie más ve en mitad de la carretera, oye ruidos que nadie más escucha y a un ama de casa con aspecto tan aseado como inquietante. Ni su marido ni sus hijos la creen. Es más sencillo pensar que está desequilibrada que confiar en que dice la verdad. Algo que no deja de ser, el paralelismo que se establece, una lectura interesante de la salud mental ahora que está en boca de todos.

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