Barcelona vuelve a la disco: «A bailar como si no hubiera un mañana»

«¿Que porqué estamos aquí? Para bailar como si no hubiera un mañana», responde Pepa, una joven de 18 años mientras hacía cola para entrar en la discoteca Razzmatazz, en el barrio del Poblenou de Barcelona. Como ella, cientos de jóvenes se agolparon ayer en las discotecas de la ciudad, desde el Apolo hasta el Port Olímpic, para volver a revivir las fiestas del fin de semana que la convirtió en excepcionales. «En cuanto abren salimos a por todas, porque ya no sabes cuándo las van a cerrar de nuevo», contaba Dani Fonri, un veinteañero que llevaba meses esperando la noche de ayer. Muchos, sin embargo, reconocían que al entrar al local se retiraban la mascarilla de la boca.

A las doce de la noche, un grupo de jóvenes volvía a los abrazos, a los achuchones y al baile, un tanto primario. Unos altavoces conectados con un expandían el ‘hard techno’ por toda la plaza. «Ya tocaba, es que esto no tiene puto sentido, en Madrid las discotecas seguían abiertas esta Navidad, no entiendo porqué nosotros hemos tenido que cerrarlo», explicaba Dani Forni, un joven de 23 años mientras bebía una lata de redbull. «Una vez te dicen que puedes salir lo haces con más ganas, y más ahora que quizás en un mes o una semana lo vuelven a cerrar», añadía. Las ganas de salir no le faltaban a nadie del grupillo, ansiosos por entrar a la discoteca Apolo.

Unos minutos más tarde, la fila para llegar hasta la puerta del local era cada vez más espesa. «Sinceramente, me siento más segura en la discoteca que en la calle. En los botellones te puede pasar de todo: te pueden robar, tocar el culo… y no puedes denunciar nada», aseguraba también Oceane, una chica de 28 años que aguardaba junto a sus amigas. También Maia estaba emocionada para poder entrar en el local. «Al menos la vida parece como la de antes, como si el covid no existiera», decía.

Entradas con antelación

Mientras las colas de Apolo se iban llenando, en el barrio del Pobleou, la discoteca Razzmatazz iba preparándose para abrir sus puertas a la una de la madrugada. Francesc y Marc, dos estudiantes universitarios, eran los primeros de la larga cola para entrar. «Hemos venido expresamente desde Lleida para venir hoy aquí», decía el primero «Hace una semana que compramos las entradas, queríamos celebrar el fin de los exámenes», añadía el segundo. Algún otro del grupo explicaba que tenían ganas de salir para tratar de ligar de nuevo con desconocidos. ¿No os da miedo el virus? «Quien tenga miedo de morir que no viva», zanjaba Francesc, justo antes de salir pintando hacia el interior del local bajo la mirada atenta del responsable de seguridad.

«A medida que iba avanzando la noche, los locales y las colas iban siendo cada vez más importantes. Pepa esperaba con un grupo de migas. «Yo es que ya me he cansado de los botellones, hasta se me hielan las manos de sujetar el cubata», comentaba el grupo. «Salimos a bailar para darlo todo, como si no hubiera un mañana. La verdad es que lo echo mucho de menos», agregaba Pepa. Una amiga suya, con una botella de ron cola, justificaba sus explicaciones. «Llevo dos años sin salir de fiesta, y en nada cumpliré los veinte. Hoy me lo tomo como la celebración de los 18 años que no pude tener«, exclamaba Berta, una chica con asma y cuyos familiares también arrastran problemas respiratorios. «Ha sido muy duro porque he dejado de ver a mucha gente por miedo a que me contagiaran».

También Pol y Jordi, de 23 años, estaban de celebración en la cola. En este caso, que Jordi se iba de Erasmus una temporada. «Necesitábamos esto, y la verdad es que ahora lo estamos haciendo bien, es legal… Somos jóvenes y lo necesitamos», decía el joven. Les miraban de reojo Albert y Andreu, que como desesperados iban buscando entradas de reventa para poder entrar en el local. «La entrada cuesta 17 euros, como mucho pagaremos 20», explicaban.

No es el Fin de Año perdido

Muchos de los encuestados negaban que este viernes haya sido el fin de año que no pudieron celebrar este año. «No lo es porque celebrarlo, lo celebramos», decía Jordi Guasch, un veinteañero que pasó el fin de año en una clandestina donde, además, se contagió de . Algunos optaron por salir a casas en pueblos pequeños, otros en pisos. «Pero el fin de año se celebró, lo de hoy es otra cosa», sugerían.

La práctica mayoría de las salas de Barcelona ha colgado el ‘sold out’ para este fin de semana. Y es que muchos optaron por comprar el billete en cuanto oyeron la medida del ejecutivo catalán. «Sin embargo tenemos que lamentar que el sector han sufrido pérdidas millonarias por culpa del cierre«, lamentó el responsable de una de las patronales del ocio nocturno, Fecasarm. También reclamó el plan de choque al ‘president’ Aragonés, para compensar, al menos, el 60% de las perdidas.

Turistas en el Port Olímpic

Entretanto, Riola, una chica de 21 años venida de Albania, se preguntaba cuánto alcohol podría llegar a ingerir su cuerpo, pasadas las dos de la madrugada. «No sabíamos que justamente abrían las discotecas este fin de semana, ha sido como un regalo para nosotras», decía enfundada en un abrigo que no escondía un vestido despampanante y unos tacones de miedo. «Lo que pasa que solo se podía reservar mesas VIP y hemos pagado 250 euros. Podemos beber esa cantidad de dinero, pero creo que soy incapaz de beber tanto», proseguía la chica.

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Lo contaba a la entrada de una de las tres discotecas del Port Olímipc, justo delante del mar. «La verdad es que vinimos de Tolouse solo para este fin de semana», contaba frente al mismo local Inés, una chica francesa de 22 años. «Pues qué quieres que te diga, hay mucha gente y nadie lleva la mascarilla», se quejaba Mar, una igualadina frente al Mediterráneo. «Me cuesta pero creo que me voy acostumbrando», seguía. La parte buena, dijo, es que se había besado con un chico italiano «monísimo». «A ver, es que la gente necesita divertirse. Es muy importante vacunarse, pero también es importante la diversión y el disfrute», pregonaba un joven mexicano también desde la cola de un local.

Durante toda la noche, y por primera vez en mucho tiempo, la estampa de un sábado noche en Barcelona volvían a ser taxis arriba y abajo, jóvenes ebrios por la calzada, y patrulla cortando el tráfico en controles antidrogas o a todo trapo con la sirena encendida. «Claro, es que esto es lo vendría siendo un viernes normal en Barcelona. Bastante trabajo», resumía un agente de los a las tres de la madrugada.

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