Bofill, eternamente joven

Una antigua fábrica de cemento de Sant Just Desvern, transformada a partir de 1973 en el taller de Ricardo Bofill, se ha convertido por unas horas en centro de homenaje al arquitecto catalán fallecido el pasado 14 de enero. Sus familiares y colaboradores han abierto el taller durante 33 horas ininterrumpidamente (de las nueve de la mañana de ayer hasta las seis de la tarde de hoy) para recordar su trayectoria vital. ¡Y tan vital!

La presencia de coronas de flores, velas y fotografías de Bofill podía hacer pensar en un funeral laico, pero es todo lo contrario. Es una fiesta que recoge el espíritu alegre y que impregnó la obra y la vida de ese creador incansable y eternamente joven. “Siempre tuve la necesidad de perdurar, de no morir”. Es una de sus frases que resuenan en el interior de la fábrica. En el exterior y en los jardines había colas de gente desde primera hora de la mañana de ayer. Los visitantes entran con respeto y en silencio, pero una vez dentro se invaden de la “ joie de vivre ” de ese chico guapo, sonriente, descarado, desnudo si se tercia, que aparece por doquier en grandes fotos que cuelgan de las paredes como si fuese un álbum familiar abierto al público





Centenares de personas desfilaron ayer por la fábrica, entre fotografías y maquetas de Bofill

“Muchas veces el arquitecto es un empleado de los constructores, pero debería ser un artista”.

Lo dice en una de las entrevistas que se repiten en bucle a través de varias pantallas. Es el Bofill cosmopolita, que habla indistintamente en catalán, castellano o francés, que viaja por el y que se pierde voluntariamente en el desierto.

Horizontal

Ricardo Bofill hijo, junto al doctor Bonaventura Clotet

Àlex Garcia / Propias

“Mi momento más feliz es cuando me siento vacío en el desierto del Sáhara”.

No es extraño que a media mañana un grupo de músicos del norte de África amenicen el recorrido a quienes acuden a saludar a ese niño que muy pronto intuyó que antes que ponerse a construir edificios o definir urbanismo tenía que construir su propia personalidad.

“Mi padre era catalán, republicano, un profesional serio, tranquilo. Mi madre era judía, italiana, me enseñó a valorar el talento”.



Con ellos empezó todo y su fotografía preside la sala principal de la fábrica taller, junto a un pequeño escenario para los músicos.

“Mi deseo sería que se estudiasen mis obras dentro de 350 años”.

La frase de uno de los audiovisuales se oye incluso antes de entrar en los jardines de la fábrica, desde el mismo Walden 7 contiguo, uno de sus edificios más emblemáticos. Pero las maquetas del barrio de Antígona de Montpellier o del rascacielos 77 West Wacker Drive de Chicago permiten viajar también hacia un universo amplio, hacia un lenguaje adaptado al entorno. Y aunque en una de esas múltiples entrevistas asegura que a los 48 años se alejó del ego de la arquitectura, algo nos dice que nunca lo dejó de lado.

“Me gusta inventar allí donde no hay nada”.

Bofill buscaba nuevos diseños, admiraba a los grandes inventores, desde Leonardo hasta Gaudí, de las pirámides de Egipto al urbanismo latino.

“La es un hecho cultural mediterráneo, con calles y plazas que funcionan, el resto, lo que vemos en o Asia, son simples aglomeraciones urbanas”.

La transformación de la antigua fábrica, un espacio primitivo, en un taller de creación, un lugar de vida, es una de esas obras que perduran.



“Se ha de crear una manera de vivir bien, inteligente, que sustituya a la de esos nuevos ricos”.

Y de esa manera de vivir bien son testigos los centenares de visitantes que le rinden homenaje y comparten y añoran algunas de sus reflexiones:

“El lujo está en la manera de
vivir”.

Поделитесь этим с вашими друзьями (Compártelo con tus amigos)

Добавить комментарий

Ваш адрес email не будет опубликован.