Junto a Sarai Cumplido, Belén Soto y Sonia Garcia forma parte del colectivo artístico Du-da, que lleva dos años investigando y generando otros relatos sobre la muerte, la vejez y los cuidados como alternativa a la crisis global. El proyecto ‘Morir guay’ incluye textos, talleres, trabajos audiovisuales y una proyección de vídeos del archivo Hamaca del CCCB que contará con la presencia de las creadoras. La sesión será este jueves día 25 a las 19.00 horas en el Cinema Zumzeig. La entrada es gratuita.

-¿Por qué un adjetivo como «guay» para calificar la muerte?

-Justamente era para quitarle un poco de solemnidad. Nos preguntábamos cómo sería para nosotras morir guay y trasladamos ese lenguaje coloquial a la investigación.

-¿Y por qué habría que quitarle solemnidad a la muerte?

-Es una forma de naturalizarla y amigarte con ella. Si algo hemos aprendido es que la muerte está mucho más presente de lo que nos gustaría.

-¿Ahora la entienden más?

-Es una paradoja investigar sobre algo que sabes que no vas a entender por mucho que te esfuerces. Podemos acercarnos mucho, pero nunca llegaremos a entenderla. Una de las cosas que nos ha permitido el proyecto es hablar con nuestras personas queridas sobre la muerte, que es algo que normalmente no se hace.

«El arte ya no se entiende como una práctica estética o bella, sino que consiste en hacer preguntas»

-Siempre llegamos tarde a esa conversación.

-Yo he hablado con mi madre y con mi abuela de 95 años. Conversar sobre la muerte nos conecta mucho con el amor, en el sentido de que eres más consciente de que nos vamos a morir y en ese momento el amor se hace más presente.

-La investigación arranca en la fábrica de creación La Escocesa. ¿Qué aporta esa mirada artística?

-Hoy en día el arte no se entiende como una práctica estética o bella, sino que consiste en hacer preguntas y dibujar nuevos horizontes empujando los límites. En ‘Morir guay’ hay cierta sensibilidad en el sentido estético tradicional, pero la voluntad es hacerse preguntas.

-¿Esa no es más la función de la filosofía?

-La filosofía es muy logocéntrica, hace las preguntas sobre todo desde el lenguaje y la razón; el arte lo hace desde otros lugares.

«Queríamos experimentar si un proceso de putrefacción no genera más rechazo o curiosidad»

-¿Desde cuáles?

-Desde el cuerpo, por ejemplo. Una parte del proyecto es el taller Tanatolab, unas sesiones experienciales que hemos hecho en el CCCB. La última era sobre la putrefacción y llevamos cosas podridas para tocar, oler y probar, como quesos en descomposición y compost con gusanos.

-¿Para qué?

-Hay escritos que hablan del asco como una defensa contra la muerte. Queríamos experimentar hasta qué punto un proceso de descomposición y putrefacción nos genera más rechazo o curiosidad.

-Paradójicamente, la materia en descomposición está muy viva.

-En nuestro estómago viven las bacterias que al final nos van a descomponer, y cuando se inicia el proceso de descomposición nacen otras vidas. La muerte depende del punto de vista desde donde se mire.  

«Pensarnos no como individuos sino como una colonia nos quitaría un poco el peso de la muerte»

-¿Urge un cambio de mirada?

-Si en lugar de como individuos nos pensáramos como una colonia de humanos, cuando un individuo de esa colonia muere el organismo sigue vivo. Cambiar la mirada antropocéntrica y llevarla al mundo de los microorganismos nos quitaría un poco el peso de la muerte. 

-Ese cambio de escala es muy revelador.

-Yo creo que sirve para lidiar con la angustia que nos produce la muerte.

-¿El objetivo del proyecto era paliar la angustia de la muerte?

-Inicialmente lo que pretendíamos, sobre todo desde la curiosidad, era obtener otros relatos más allá del relato hegemónico de la muerte, ya sea el científico, que afirma que después de la muerte no hay nada, o el cristiano, por el que si has ido bueno irás al cielo. 

«Ya no compramos el relato del Estado del bienestar de casarte, tener hijos y una pensión digna»

-Pero también tratan de los cuidados y la enfermedad en la vejez.

-Yo he cumplido 43 años y la más joven del grupo tiene 27. Ni yo ni mis amistades ni las generaciones más jóvenes compramos ya el relato del Estado del bienestar de casarte, comprarte una casa, tener hijos que te van a cuidar y una pensión de jubilación digna.

Entretodos

-Lo de la pensión de jubilación digna está difícil, sí.

-No es un horizonte que veamos posible. Lo más plausible es que no vayamos a ser atendidas con los cuidados y el cariño que nos gustaría. Entonces, ¿qué horizonte nos espera? ¿Quién nos va a cuidar? ¿Cómo vamos a envejecer? ¿Cómo queremos morir? Queríamos responder a todo eso desde un lugar esperanzador.

-¿Han encontrado ese lugar?

-Nosotras nos imaginamos envejeciendo juntas, ya sea cuidándonos entre nosotras en el sentido afectivo o generando una caja común que nos permita pagar a alguien que cubra otras necesidades que podamos tener.

«Generar lazos fuertes en pequeñas comunidades es quizá la única esperanza»

-Iniciaron la investigación justo antes del covid y en plena emergencia climática. ¿Cómo influye este contexto en el proyecto?

-Lo que influye es más la crisis global, esa especie de falta de esperanza en el futuro. Por eso buscamos relatos que nos salven de esta desesperanza y eso solo pasa por la comunidad, por generar lazos y vínculos fuertes a nivel de pequeñas comunidades. Esa es quizá nuestra única esperanza.

-Son críticas con los rituales funerarios.

-Aquí las leyes son bastante estrictas sobre lo que podemos hacer con nuestros muertos. Es como si ya no nos pertenecieran. 

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-Y a usted, ¿cómo le gustaría morir?

-Lo que yo más temo es ser una persona muy longeva, como las mujeres de mi familia. Tengo miedo a morirme sola porque toda la gente que quiero habrá muerto antes. Me gustaría morir rodeada de la gente que me quiere. 

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