Este artículo se desarrolla entre y el exotismo de Las Antillas. Hace un par de siglos, en una localidad del valle de Piélagos llamada Mortera, nacía Ramón Herrera San Cibrián. Con raíces muy modestas, para conseguir el ansiado ascenso económico y social, emigró a Cuba. En La Habana, comenzó una carrera ascendente que fue culminada con la fundación, en 1850, de la empresa Vapores Herrera. Para entonces ya se había casado con la hija de un comerciante habanero. Poco a poco, amplió la concesión de su línea de navegación, proporcionándole ésta mayores beneficios, hasta constituir, en 1870, la Compañía de Vapores Ramón Herrera. Fue promotor y uno de los principales accionistas del Español de La Habana, mientras comenzaba a destacar en su faceta política, llegando a ser alcalde de la capital cubana y miembro de su consejo de administración.

Supo aprovechar la coyuntura existente como pocos. Cuba, la isla más grande del Caribe, constituía una excepción dentro de la historia latinoamericana, al ser una de las primeras tierras que los españoles colonizaron y manteniéndose bajo sus órdenes hasta 1898. En principio, su única función fue la de encuentro y repostaje para las flotas del Atlántico. Se exportaban tabaco, café y caña de azúcar, pero sin participación importante en la economía del imperio. El cambio en su trayectoria mercantil se produjo a partir de los meses de ocupación británica, entre 1762 y 1763, pues se levantaron temporalmente las impuestas por España. Los criollos cubanos descubrieron el potencial económico de su isla gracias a la fluidez del comercio con y América del Norte. Su importante sociedad esclavista desalentó el radicalismo político hasta fecha bien tardía. En las primeras décadas del siglo XIX, los negros formaban ya la cuarta parte de la población.

Ramón Herrera San Cibrián, durante la insurrección cubana, proporcionó recursos al español para la guerra, como la cesión de barcos para el transporte de tropas y armamentos. Había destacado ya por sus actos al frente del Quinto Batallón de Voluntarios de La Habana, integrado por montañeses residentes allí, durante la guerra de los Diez Años. Estos hechos fueron considerados por el rey Amadeo de Saboya, quien le concedió el título de conde de la Mortera el 16 de julio de 1871, título que quedó confirmado el 20 de enero de 1876 por Alfonso XII. Al morir sin descendencia, continuó con la dignidad su hermano Cosme de Herrera San Cibrián, y, tras su en 1893, su sobrino Ramón Herrera Gutiérrez. El que fuera III conde de la Mortera había llegado a La Habana con su primo Cosme Blanco Herrera en la década de 1860. Ambos fueron los herederos de la naviera, que pasó a llamarse Sobrinos de Herrera, así como de una importante fortuna que fue aun acrecentándose a lo largo del siglo. Dentro de la endogamia propia de la época, anclada en los intereses económicos, Ramón se casó con su prima hermana, Manuela de Herrera y Sousa, que, a su vez, era sobrina de la mujer de su tío, I conde de la Mortera. De este matrimonio, nacieron siete hijos, aunque sólo sobrevivieron dos niñas. La mayor de ellas, Julia de Herrera y Herrera, fue V condesa de la Mortera y duquesa de Maura, por su matrimonio con el primogénito de Antonio Maura.

Para comprender la inmensidad del patrimonio que amasó aquella familia cántabra en tierras cubanas, es necesario añadir al espléndido negocio naviero ya mencionado medio centenar de propiedades inmobiliarias repartidas por la isla, así como múltiples bonos y fondos monetarios. Aquella flota, que había competido brillantemente con la Compañía Trasatlántica del marqués de Comillas, se deshizo para comprar, en 1891, una empresa del sector servicios: la Nueva Fábrica de Hielo, sociedad dedicada en principio a la congelación de agua para su consumo como elemento imprescindible en el cálido clima caribeño. Después, con inmenso éxito, el negocio se diversificó hacia la producción de cerveza, gaseosa y licores. Bajo la marca La Tropical, se elaboraba una cerveza con cebada de dos hileras y lúpulos importados de Alemania, que dieron forma a la principal cerveza cubana de la historia. La calidad de este producto, que contaba con el asesoramiento de maestros cerveceros franceses y alemanes, tuvo un reconocimiento internacional a través de distintos premios europeos y americanos. Los beneficios que reportó fueron inmensos y ascendentes durante las primeras décadas del siglo XX.

Conscientes de que fabricaban el producto estrella de la isla, aquellas mentes emprendedoras comprendieron que, para incentivar su consumo, había que provocar al público con escenarios acordes a la nueva mentalidad que iba surgiendo en torno al desarrollo del ocio. Este fue el origen de los Jardines de la Tropical, un espacio idílico en aquella isla caribeña. Dividieron el terreno de aquel escenario modernista en pequeños espacios privados, donde se podían dar cenas y bailes. Aquel vergel se convirtió en el sitio más solicitado para la incipiente clase media, que seguía la tradición del lugar de poner de largo a sus mocitas a los quince años. La precocidad sexual de las indígenas quedaba así justificada, dándoles, desde ese momento, paso libre hacia el altar. La frialdad sublime, la ignorancia total de cualquier pasión humana, es claramente antagónica a la atmósfera con la que embriaga el Caribe. Caprichos de niña, gracia risueña y perseverancia silenciosa: el sentido mágico, metafísico, que John Keats halló en el canto del ruiseñor se podría aplicar al temperamento femenino que cultiva la perla caribeña.

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