De jugarme la vida en tugurios a codearme con la jet. ¿Qué me pasa, Madrid?

TEJADO DE ZINC

Opinión

Actualizado Martes,
14
diciembre
2021

01:52

Jóvenes en una discoteca.
Jóvenes en una discoteca.CARLOS GARCÍA POZO

Con tanto millón de habitante reventando los andenes de la Línea Cinco y las aceritas de la Milla de Oro, malo sería que no tuviera Madrid juergas a la carta. De la American Express a la litrona de Mahou, esta ciudad es un non stop de tribus y de jergas, de cócteles y afters, de brunches en el Palace, de perreo golfo, muy golfo, de cañas y tapitas tras la misa de domingo. Desde la M-50 al Kilómetro 0, Madrid es un sambódromo donde todos los bebercios son bienvenidos; un Sigma Dos por edades y por vicios, por barrios de obreretes y castizos, por razas, por sexos, por horarios, por gintonics con o sin cardamomo, con o sin florde hibisco.

Como yo he venido a esta columna a hablar de mis desvíos, en mis salidas cada vez que el sol se puso en los madrilestuve siempre querencia por el hampa, por el tasquerío, por la cultura del tugurio. Si echo la vista atrás por la gramola del tiempo, los recuerdos de algunas noches aún me estremecen; estos pies que aún me pasean por los caminos de Dios han pisado bares que parecían pisos francos de algún comando terrorista, lo juro ante notario, y discotecas como fortines del cartel de Sinaloa. Lo mejor que me pude llevar de aquellos andurriales fue una clamidia; lo peor, un disparo a quemarropa.

Hasta que un día, como por ósmosis, me di cuenta de que me había hecho un hombre razonable cuando me descubrí echando un brindis en casa de la embajadora de Costa Rica en . De aquellos alternes en el filo de la tragedia, cuando llegar a casa con las cuatro extremidades era una bendición, de pronto me zambullí en un anuncio de Ferrero Rocher.

A Ana Helena Chacón la conocí en Tenerife cuando todavía era vicepresidenta de Costa Rica; su magia caribeña y mi trote castellano conectaron la primera vez que nos vimos. Lo llaman química. Un año después, Ana Helena dejó el de San José y se mudó a Madrid con credenciales de embajadora y sus dos hijas, dejando atrás su pasado activista por la comunidad ; gracias a ella, la Corte Iberoamericana de Derechos Humanos reconoció el matrimonio igualitario de sus 20 países miembros. Ahí es nada.

De las pocas cosas que hice de provecho en esta vida mía —un título universitario, el arroz de la paella en su punto y una media maratón-, su amistad es el mayor de mis orgullos. Cada encuentro en su casa es una loca de bachatas y ceviches, de exilios y de brindis, de gente llegada de todas partes que me llevo para siempre en la mochila, de pedazos de América Latina que no conocía, de risas, de lágrimas, de vasos rotos de la buena suerte… De pura vida.

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