El caos de la vuelta al cole

ha decido que hasta el 4 de enero no se decida si los alumnos vuelven a las aulas tras las fiestas navideñas. Según fuentes del Ejecutivo, no está previsto, de momento, retrasar el inicio de las clases ni cambiar el actual protocolo sanitario, aunque no es descartable que acabe habiendo algún cambio en las normas de prevención ante el vertiginoso aumento de casos que está generando la variante Ómicron. O sea, que en principio no habrá cambios, pero puede que sí, toda una oda a la imprevisión que afecta a millones de familias españolas que hasta en las vísperas de Reyes no sabrán a qué atenerse.

El considera que, pese al repunte de casos registrado en las últimas semanas, el impacto global en los centros educativos sigue siendo bajo, pero aún así no hay nada decidido. A día de hoy, el 25% de los niños de cinco a 11 años había recibido la primera dosis. Por supuesto que la marca los tiempos y los acciones, pero lo que no puede ser en ningún caso es que se apure una decisión que afecta a gran parte de la sociedad hasta más allá del límite de lo tolerable. Los españoles necesitan -aunque sea difícil dadas las actuales circunstancias- un mínimo de certidumbre, desde luego muchas más certezas que imprevisión, seña de identidad de un Ejecutivo incapaz de encontrar el lógico equilibrio para hacer frente a la pandemia.

Seguramente, el 4 de enero unas Comunidades se mostrarán partidarias de abrir las aulas con normalidad y otras, no, porque esa es la constante de los últimos meses. Y, mientras, las familias a la espera. No es de recibo convertir una decisión de enorme trascendencia en una suerte de ruleta, porque los españoles necesitan organizar sus vidas con antelación y no verse afectados por este permanente caos administrativo que vienen padeciendo desde el comienzo de la pandemia. Este es el paradigma de la improvisación.

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