El guardián de la 'cueva' más flamenca de Madrid: «Nunca pongo a Camarón, porque sino esto se me llena»

Entre gatas y


Vicente Romero

Actualizado Miércoles,
1
diciembre
2021

01:42

Vicente Romero es el dueño del bar San Román, un ‘clásico’ de La Latina que encandila con Bambino, arrasa con Morente y nunca pone a Camarón

Vicente Romero, en el bar San Román, en Madrid.
Vicente Romero, en el bar San Román.JAVIER BARBANCHO

Se llama Vicente Romero. Un pelirrojo de 66 años con fuego en las venas y ojos tan azules como el océano más atlántico. Andaluz del Oriente, de Paterna del Río (Almería). Madrileño de adopción. El guardián del San Román, la cueva flamenca por excelencia del castizo barrio de La Latina. Él, un diamante en bruto. El San Román, un rincón que muchos quisieran explotar pero que Vicente conserva intacto y con una magia virginal.

Vicente llegó a Madrid con 17 años, tras pasar por y formarse en maquinaria pesada y en fotografía -una de sus pasiones-. Los vaivenes de la vida le llevaron directo al de la hostelería. En concreto, al bar Las Rejas, en la madrileña Plaza Mayor, donde un bingo clandestino allá en la década de los 70 hacía las delicias de los más trasnochadores. El dueño no tardó en calar a Vicente -observador y con un don especial para torear al personal más variopinto- y le encomendó el control del local. Comenzó así su aventura en la noche madrileña.

Fue en 1988 cuando descubrió el San Román, a escasos metros de la Plaza Mayor, en la no menos castiza Puerta Cerrada, en el cogollo de La Latina. Casualmente, era un bar regentado por otro andaluz -aunque del Occidente, oriundo de Écija (Sevilla)-, donde sólo se escuchaban rumbas y sevillanas. Vicente convirtió el local en una cueva flamenca donde el único cantaor que no retumba es Camarón, por extraño que parezca. El sevillano Bambino es el embrujo de esta cueva y el granaínoEnrique Morente es el alma. No falta de la chipionera Rocío Jurado de vez en cuando para embelesar a más de una.

Pero todo tiene su explicación. Como dice Vicente, «si pongo a Camarón, esto se me llena…». Y es que este pelirrojo es de armas tomar cuando se trata de su clientela -auténtica y exquisita-. Lo mismo encuentras a un escritor japonés amante del flamenco que a un director de que acude a descubrir personajes, a un guitarrista que entra a tomar una cerveza tras un parón en la gira, a un abogado de renombre que tiene ganas de olvidar el día a día, a poetas vespertinos o a periodistas noctámbulos. Incluso a algún que otro caballero que dice pertenecer a la alta aristocracia. Todos, sin miedo a ser descubiertos, porque saben que la discreción es la norma de Vicente, el respeto es su forma de vida y la sinceridad su salvoconducto.

Nada de Mahou, sólo Cruzcampo

El San Román está enclavado en la antigua muralla de Madrid. De hecho, la piedra tosca se conserva intacta en uno de sus muros. El local apenas tiene 18 metros cuadrados -incluyendo los baños-, con un aforo de no más de 15 personas que se mezclan sin ton ni son como sardinas en lata y un sótano de otros tantos metros donde Vicente almacena bebidas y selectos condimentos. No faltan los tomates cherry, el lacón gallego, los boquerones en vinagre al estilo Vicente, el queso y el chorizo. Todo acompañado con pan.

Nada de Mahou. Sólo Cruzcampo, y en vaso de tubo. Tres tiradores presiden la barra. Uno vertical para servir Cruzcampo al estilo sevillano y dos apaisados para dar al cliente esa espuma jabonosa tan deseada en Madrid. De vez en cuando, Vicente abre la trampilla del sótano y se cuela para desaparecer unos segundos -no más- y volver con más bebida o con alguna delicatessen.

«Dieciocho horas trabajando», dice con ojos risueños y sin ningún síntoma de cansancio tras reconocer que cuando echa la persiana del San Román va andando hacia su casa. Media hora de camino. Allí le espera María Javier, su esposa, una melillense a la que conoció en Madrid y con la que tuvo tres hijos. Vicente ya es abuelo de dos nietos.

Tiene claro que seguirá trabajando hasta los 70 años y no piensa quedarse en casa, «porque se hace el cuerpo al descanso y no a la guerra». Vicente es el que siempre está, el que nunca se va. Perenne en el San Román.

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