• El sello barcelonés celebra su décimo aniversario con dos años de retraso y pone en marcha la comunidad de lectores y autores Casa Blackie para que los libros vivan más allá de sus páginas

El pasado 26 de octubre, la editorial Blackie Books envió a su lista de correo un mensaje en el que anunciaba una serie de iniciativas para celebrar el décimo aniversario del sello. Que los primeros libros de Blackie Books se hubieran publicado en octubre de 2009 era un detalle que, al parecer, carecía de importancia. Desde su nacimiento, la editorial barcelonesa ha venido demostrando que es posible prosperar en el azaroso mundo del libro cuestionando principios que se consideraban inviolables e inventando tus propias reglas, y, gracias a ello, hoy es, de largo, el sello independiente más exitoso de los muchos que han aparecido en España en las últimas dos décadas. Así pues, si a sus responsables les da por celebrar el décimo aniversario con dos años de retraso, lo más sensato será seguirles el juego; al fin y al cabo, la subversión, el humor y la fantasía son elementos nucleares de la empresa.

En estos 12 años que parecen 10, Blackie Books ha construido un catálogo que a primera vista es la pesadilla del archivero (ahí se mezclan todos los géneros literarios y todas las épocas en un jubiloso pandemónium) pero que, contemplado de cerca, guarda una extraña coherencia difícil de explicar. Decir que a todos los títulos publicados por Blackie les une una determinada actitud ante el mundo que conecta de manera íntima con el espíritu de la editorial, y que eso vale tanto para un libro de divulgación científica como para una novela del siglo XIX o una colección de relatos infantiles, puede parecer muy impreciso pero quizá no haya otra manera de describirlo.

“Si intentas explicar nuestra filosofía editorial sin poner ejemplos, resulta todo muy complicado, pero cuando ves los libros, lo entiendes”, señala Jan Martí, fundador de Blackie Books junto a Alice Incontrada. Ambos, poco aficionados a las entrevistas y a la exposición pública en general, quieren aprovechar ahora este décimo aniversario de mentira como un pretexto no tanto para repasar lo que han hecho en estos años como para “mirar hacia delante y plantear cosas nuevas”; les interesa, en particular, hablar de la puesta en marcha de Casa Blackie, una comunidad de lectores y autores que utiliza el libro como motor de variadas actividades de índole cultural y social.

Pero una conversación con Martí e Incontrada ofrece también valiosas pistas para tratar de reconstruir las claves de la ‘fórmula Blackie’, esa rara alquimia que los ha convertido en algo más que una editorial de éxito. Estas son algunas de ellas.

“Fundar una editorial es adquirir un compromiso”. La primera referencia que Blackie Books lanzó al mercado fue ‘Do it!’, de Jerry Rubin, un relato en primera persona de la revuelta contracultural de 1968 que Martí define como “un manifiesto sobre maneras creativas de protestar y sobre cómo la diversión no es la antítesis del compromiso”. No fue una elección casual. Esos dos conceptos, diversión y compromiso, serán dos pilares maestros del proyecto Blackie. “Que ‘Do it!’ fuera nuestro primer libro era una declaración de intenciones”, subraya Incontrada. “A partir de ahí –continúa Martí-, tú te das cuenta de que como editor tienes un rol, aunque seas un mindundi. Has de adoptar ciertas posiciones y defenderlas, y eso lo puedes hacer de muchas maneras: en un tuit, publicando un ensayo titulado ‘Facha’ [de Jason Stanley] o editando libros infantiles como los del ‘Perro Apestoso’ [de Colas Gutman], que lo mismo hablan de las diferencias sociales que de la explotación laboral o del valor de la escuela pública”.

“El criterio editorial depende del gusto, y el gusto es variado”. En esa primera irrupción de Blackie en el mundo libresco, a ‘Do it!’ lo acompañaron otras tres apuestas: una introducción a la historia del pensamiento a través de una exitosa serie de dibujos animados (‘Los Simpson y la filosofía’), un conmovedor libro de memorias de un músico ‘indie’ (‘Cosas que los nietos deberían saber’, de Mark Oliver Everett) y una extravagante novela francesa del siglo XIX firmada con seudónimo (‘El tutú’, de Princesa Safo). La aparente disparidad de la oferta, que se convertiría en marca de la casa, provocó un comprensible desconcierto. Incontrada: “Eran cuatro libros muy diferentes y la gente no entendía nada. “¿Qué estáis haciendo?”, nos preguntaban. Y lo único que nosotros podíamos responder era que nuestra línea editorial se entendería con el tiempo”. “Necesitaréis 10 años pero lo entenderéis –añade Martí entre risas-. Nuestra línea editorial tiene que ver con el gusto y a nosotros nos parecía natural que el gusto fuera variado. Luego ya intentamos unificarlo todo a través del diseño y del discurso. Y con el tiempo la gente ha acabado aceptando que no es tan raro eso de mezclar clásicos y modernos, ficción y ensayo… Pensar que a alguien que está leyendo unas memorias de un músico no le va a interesar un libro divulgativo sobre el universo o una novela de un autor que empieza no tiene mucho sentido”.

“Todo es una novedad si lo explicas de una manera nueva”. Para los responsables de Blackie Books, tan importante como seleccionar los libros que van a publicar es explicar por qué su publicación es pertinente en un momento determinado. Y eso tiene mucho más que ver con el contenido de los libros que con la fecha en que han sido escritos. “No compartimos esa obsesión por la novedad que mueve al sector editorial –explica Martí-. Eso nos permite fijarnos por igual en autores que llevan un siglo muertos, en gente que escribió hace 15 años y en libros del año anterior que no tuvieron suerte en la feria de Frankfurt. A partir de ahí, nuestro trabajo como editores consiste en explicar por qué un libro que no es estrictamente una novedad puede ser nuevo para nosotros y para los lectores y tiene importancia ahora”. Apoyándose en ese principio, Blackie ha publicado obras de autores como Muriel Spark, Richard Brautigan, Kurt Vonnegut, Enrique Jardiel Poncela, Voltaire, Gianni Rodari, Raymond Queneau, Spike Milligan, Gloria Fuertes y muchos otros, incluidos la ‘Odisea’, de Homero y ‘El Libro del Génesis’, nada menos. Sin que eso resultara incompatible con el feliz descubrimiento de valiosos títulos y autores que sí pueden considerarse nuevos en todos los sentidos (entre los más celebrados vale la pena citar ‘Crezco’, de Ben Brooks; ‘Los asquerosos’, de Santiago Lorenzo; ‘Vozdevieja’, de Elisa Victoria, y ‘Simón’, de Miqui Otero).

“Crecer por crecer no tiene sentido”. Blackie Books nació con una estructura de tres personas (Jan Martí, Alice Incontrada y la editora Diana Hernández). Al cabo de 12 años y de 170 libros (más los del sello infantil Blackie Little), la editorial cuenta con una decena de trabajadores en plantilla y un grupo de colaboradores externos. No es una expansión desmesurada si se tiene en cuenta la buena de la empresa, que vivió un punto de inflexión con el inesperado y sonadísimo éxito de ‘Instrumental’, el primer libro del pianista James Rhodes, publicado en 2015, que ha superado los 100.000 ejemplares vendidos. Los editores han vivido ese proceso con una mezcla de satisfacción y vértigo y no dejan de darle vueltas a la necesidad de contener el crecimiento para no perder el sentido de lo que hacen. “Nos da miedo perder la esencia”, admite Incontrada. “Estamos intentando revisar la cantidad de libros que publicamos, no caer en la inercia de tener que crecer siempre un poco –señala Martí- Esa es una dinámica que te arrastra y que al final te lleva a hacer cosas en las que no crees o que no controlas”.

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“Todos los libros merecen las mismas oportunidades”. El éxito de Blackie Books no ha pasado desapercibido a los grandes grupos editoriales, que incluso han llegado a ensayar fórmulas similares en algunos de sus sellos. Hasta ahora, sin embargo, no ha habido ofertas de compra. “No creo que a nadie se le pasara por la cabeza intentar que vendiéramos porque hemos dejado más o menos claro que es lo último que haríamos”, apunta Incontrada. Martí aporta otro argumento para disuadir a los posibles interesados: “Si miraran nuestros números…, no sé si sería compatible con el funcionamiento de un gran grupo. Nuestro crecimiento es totalmente horizontal. La idea es conseguir ganar al menos un euro con cada libro que publicamos. Los libros son como nuestros hijos: no abandonamos a ninguno. Y eso quiere decir que no concentramos los esfuerzos en una apuesta porque creamos que va a generar mucho. Queremos darles a todos los mismos cuidados y las mismas oportunidades. Por eso nuestros números no se parecen en nada a los de las grandes editoriales, que ganan dinero con 15 títulos y pierden con 85. Cuando se plantean comprar un sello, es porque hay ahí un ‘Harry Potter’ o un ‘Victus’. Nosotros no tenemos nada equivalente”.

“Lo que une a los libros de una editorial es la gente que los lee”. Desde antes de publicar los primeros títulos, los responsables de Blackie Books tenían claro que la existencia de una editorial solo tenía sentido si esta era capaz de construir a su alrededor una comunidad de lectores. Esa antigua obsesión se ha concretado ahora con la creación de Casa Blackie, un proyecto en el que el libro se convierte en un generador de actividades y experiencias (y aquí caben desde encuentros con los autores, concursos literarios y podcasts a talleres de escritura para jóvenes del Raval y campañas de lecturas por teléfono para gente mayor). Es una forma de responder al compromiso que Jan Martí y Alice Incontrada contrajeron en el momento de fundar la editorial hace 10 o 12 años. Una manera de dialogar con su entorno y contribuir a su desarrollo. “Comunidad –dice Martí- es quizá la palabra que mejor nos representa”.

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