El Monasterio dulce del Escorial: la historia del chocolate madrileño que triunfó en Europa (y ha vuelto)

Empresa legendaria


Reabrió en 2014

Actualizado Domingo,
20
marzo
2022

11:45

Llegó a ser unas de las tres más importantes de Europa en el siglo XIX gracias a su innovador y visionario creador. Tras cerrar por problemas económicos en 1967, uno de sus descendientes, Manuel De Cendra ha recuperado la marca con un producto ‘gourmet’ que ya ha sido reconocido con varios premios

Grabado de la fábrica de chocolate de El Escorial.
Grabado de la fábrica de chocolate de El Escorial.

«Fue un adelantado de su tiempo. Mi tatarabuelo Matías López y López, fue un visionario». Orgulloso y rotundo, a Manuel De Cendra y Aparicio se le ilumina el rostro cuando habla de su antepasado. Lo cuenta este hombre tranquilo y a la vuelta de muchas cosas, en el edificio de la madrileña calle de La Palma, donde estuvo una de las fábricas de un emprendedor que, a mediados del siglo XIX, revolucionó la industria madrileña y española. De paso, sentó las bases de muchas cosas sin las que nuestra vida actual no puede entenderse, pero que entonces eran ficción. Todo alrededor de algo tan sabroso, cotidiano y doméstico hoy, pero entonces un producto extraño a la sociedad española: el chocolate.

Nació Matías López en 1825 en una familia numerosa de la localidad lucense de Sarria. Con 18 años emigró a Madrid, encontrando trabajo en un obrador. Allí permaneció siete años en los que aprendió el oficio, al tiempo que por las noches estudiaba Matemáticas, Contabilidad y francés. «Ya tenía claro que lo suyo era el chocolate y sabía que Francia era en donde mejor se hacía. Sacrificó su juventud y ahorró todo lo que pudo, hasta el punto de que dormía debajo del mostrador de la tienda», señala su tataranieto con admiración.

Con 7.000 reales de la época montó su primer , un pequeño obrador de la calle Jacometrezzo donde empezó a elaborar chocolate. Para conseguir que su producto se vendiera ideó una extraordinaria estrategia comercial: el primer marketing oral. Durante varios meses, enviaba a familiares y amigos a las tiendas de ultramarinos a pedir su chocolate. Transcurrido ese tiempo, López se presentaba con el producto del que, lógicamente, le hacían grandes pedidos.

Grabado de la fábrica de chocolate de El Escorial.
Grabado de la fábrica de chocolate de El Escorial.

El éxito fue inmediato. Abrió un depósito en la Puerta del Sol y una tienda en la calle Montera, un almacén en Barcelona y una fábrica en Sevilla. En 1866 se le quedó pequeño todo lo que tenía. «Es cuando compró esta casa y la del edificio posterior. Aquí instaló la fábrica y en la otra las viviendas de los trabajadores», explica Manuel De Cendra en el edificio, hoy protegido por el Ayuntamiento de Madrid y sede de la cadena hotelera Room Mate. Con una chimenea de 30 metros de altura, de aquí salían 4.600 kilos de chocolate al día.

De los negocios a la política

La calle de la Palma fue solo una etapa en la carrera de este emprendedor que, no contento con su faceta comercial, decidió hacerse hueco en la política. «Comprendió que las clases altas despreciaban a los industriales y decidió ser miembro de ellas», explica De Cendra. Diputado del Ayuntamiento de Madrid, también fue elegido senador por Sarria. Fundó y presidió la Cámara de Comercio e Industria de Madrid. Al tiempo continuó con sus negocios.

La demanda de sus productos obligó a Matías López a buscar otro lugar para aumentar la producción. Lo encontró en El Escorial, donde había un edificio industrial que contaba con acceso directo al ferrocarril. Lo compró en 1874. «Todo lo compraba. Llegó a ser junto con el marqués de Salamanca el mayor propietario de terrenos de Madrid y de Segovia», cuenta De Cendra, que no se cansa de referir datos de su antepasado.

Matías López, el fundador de la fábrica de chocolate.
Matías López, el fundador.

La industralización de la producción de Matías Lopez acabó con la elaboración manual de sus chocolates, en la que se batía el cacao con la fuerza de los brazos. Aquello no gustó a todo el mundo. Lo cuenta su tataranieto. «Emilia Pardo Bazán escribe que no le gustaban los chocolates Matías López porque las máquinas de vapor le robaban el sabor que dejaba el sudor de los trabajadores que lo hacían a brazo».

Anécdotas aparte, Matías López continúo con la expansión de sus chocolates. Tuvo una red de dos mil corresponsales repartidos por España, abrió mil tiendas en Madrid y llegó a producir más de siete toneladas diarias de chocolate. No solo le importaba la cantidad, también la calidad. Realizó por todo el mundo para conocer las técnicas de elaboración. También para contratar a los mejores artesanos. «Enseñó a los españoles lo que era el chocolate, pues en la del XIX se había perdido la costumbre de tomarlo», rememora su tataranieto.

Se ayudó de una publicidad revolucionaria. Continuación del marketing oral, los carteles que diseñó lograban transmitir sus mensajes consumistas. El más conocido, Los gordos y los flacos, está considerado el primer cartel publicitario de España. Es una caricatura de varios tipos costumbristas, la mitad famélicos y la otra mitad orondos, con el que difundió las bondades de su chocolate en una sociedad donde el hambre era moneda corriente y el analfabetismo generalidad.

La primera seguridad social

La Fábrica del Escorial colocó a Chocolates Matías López en su edad de oro. Aquí construyó la que fue primera ciudad jardín de , donde sus trabajadores -más de 500 llegó a tener- vivieron junto a su trabajo. Instauró la jornada laboral de ocho horas, ayudas a la jubilación, préstamos para la compra de viviendas… Su descendiente se entusiasma con el relato de aquellas acciones futuristas: «Creó la primera seguridad social de España, a sus trabajadoras les daba permiso de maternidad, hizo una escuela para los hijos de los trabajadores, construyó una capilla y una cooperativa…».

Varios trabajadores de la fábrica a finales del siglo XIX.
Varios trabajadores de la fábrica a finales del siglo XIX.

La Exposición Universal de de 1889 fue el espaldarazo definitivo para este visionario. Nadie quería hacerse cargo del pabellón español. Él asumió la mitad de los gastos, pagando además los de muchos expositores españoles. Felicitado por el mismísimo Gustavo Eiffel, el gobierno francés le concedió la Legión de Honor. «También obtuvo la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y fue nombrado senador vitalicio por Alfonso XII», añade su descendiente.

Matías López falleció en 1891, pasando el a manos de sus hijas. La fábrica se mantuvo hasta 1964, fecha en que echó el cierre por problemas económicos. Hasta 1996, cuando el Ayuntamiento del Escorial organizó una exposición sobre la empresa y su creador. El libro editado para la ocasión inoculó un virus a De Cendra que cambió su vida. «Fue un revulsivo para mí. Hasta entonces no había dado ninguna importancia a mi tatarabuelo. Allí fue cuando me decidí a recuperar la marca y a elaborar de nuevo sus chocolates».

Después de un laborioso proceso, en 2012 logra constituir la sociedad que vuelve a llamarse Chocolates y Dulces Matías López S.L. La primera venta sucedió el último día de 2014. «Desde el primer momento he querido hacer un producto de primera calidad», saca pecho De Cendra. Para ello cuida hasta el último detalle. Materia prima excepcional, tabletas sólo de 3,5 mm de espesor y un envoltorio cuidado que reproduce el famoso cartel de su antepasado.

Manuel De Cendra, con los actuales chocolates.
Manuel De Cendra, con los actuales chocolates.ALFREDO MERINO

El actual chocolate Matías López no tiene nada que ver con su antepasado, la fórmula magistral la quemaron los obreros de la fábrica en 1964, para que no cayese en manos de los acreedores. Estuchado a mano tableta a tableta, se produce en ediciones numeradas. «Cada edición es de 2.000 tabletas para cada tipo de chocolate que fabricamos», explica el propietario.

Con una producción de 400 kilos al año, es un volumen muy limitado que se vende por internet y en un puñado de tiendas gourmet. «Hacemos un chocolate de autor y su calidad la avalan los premios y reconocimientos que hemos recibido», afirma el creador de este producto, quien avisa a modo de conclusión: «Mi tatarabuelo tardó 24 años en alcanzar todo lo que logró, a mí todavía me quedan 14». Aunque tiene más de 150 años, el espejo donde se mira este hombre brilla sin el menor rastro de azogue.

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