Charlotte Gainsbourg: «Salí a buscar a mi madre y, al final, también me buscaba a mí misma»


Entrevista —
JULIO VALDEÓN — Madrid

Actualizado Martes, 8 marzo 2022 — 00:01

Charlotte Gainsbourg ha dedicado cuatro años a hacer el retrato más sincero de Jane Birkin, un documental sin la sombra de su padre, el carismático Serge Gainsbourg

Charlotte Gainsbourg, ayer en Madrid
Charlotte Gainsbourg, ayer en Madrid.Ángel NavarreteMUNDO

Se sienta delante de los periodistas con su rostro sin maquillar y su traje de raya diplomática. Durante los 15 minutos de cada encuentro con la prensa el mundo parece detenerse. Deletrea respuestas con voz ahumada y aparente relax, aunque el ritmo de promoción avanza implacable. Responde al nombre de Charlotte Gainsbourg.

Nació en Londres, en 1971. Actriz y cantante, es hija de dos mitos como Serge Gainsbourg y Jane Birkin, intérprete fetiche de Lars Von Trier, autora de discos tan extraordinarios como Stage whisper o el último, Rest, de 2017, donde tomó las riendas de la escritura para entregar un cóctel de pop electrónico, lustroso, felino y arrogante. Con su pelo oscuro y su rostro andrógino, ejerce sin querer de emblema de la cultura francesa en un tiempo hambriento de mitos. A pesar de su timidez lleva el show business en el torrente sanguíneo. Presenta en Madrid Jane by Charlotte, el documental, mitad indagación confesional mitad carta de amor, que le ha dedicado a su madre.

En mitad de la producción, que duró cuatro años, la la encontró en Nueva York, donde residía junto a sus hijos y su marido, el actor Yvan Attal, desde hacía más de un lustro, concretamente desde la de su hermana Kate. «En efecto, viví en Nueva York durante seis gloriosos años. Amaba estar fuera, lejos de mi país, que la gente no me reconociera más que de vez en cuando, por mis películas o por la música. Pero con la llegada del Covid, y tengo que admitirlo, con la llegada de Donald Trump a la presidencia, fue más y más difícil. Para colmo, cuando declaran la pandemia, mis hijas se encontraban conmigo, pero mi hijo estaba con mi marido, en París. En Nueva York el encierro no fue tan estricto, pero fue aterrador».

«Podías salir», añade, «pero la ansiedad estaba en todas partes, parecía una guerra. No quiero usar esa palabra en balde, sobre todo con lo que está pasando en Ucrania, pero parecía una guerra. Solía coger la autopista del West Side y allí estaban los camiones congeladores, junto a los hospitales, llenos de muertos. Ese fue el momento de regresar a Francia, primero al sur de Francia, fue difícil acostumbrarme».

En mitad del rodaje, Jane Birkin dijo que no quería seguir. «Tenía mucha ansiedad. Odiaba mis preguntas, y el rumbo que estaba cogiendo el documental. Pero después, cuando yo misma me deprimí, al regreso de Nueva York, cambió por completo. Fue como una enfermera. Me cuidó, me apoyó, se mostró completamente abierta a las preguntas que le hacía. Me ayudó a sentirme segura. La tuvo una dinámica extraña. Quizá porque duró cuatro años y le dió tiempo a evolucionar».

El documental, de una dulzura insospechada, de una lucidez que horada, sirve en carne viva unas porciones de vida secreta. Permite ir mucho más allá del garbeo mitómano. Gainsbourg cuestiona a su madre. Por el camino levanta un puente hacía sí misma. Rumbo a la chica que perdió a su padre cuando ella apenas tenía 19 años. Criada bajo el resplandor de los focos, sorteó el envilecimiento de la fama a base de trabajo, talento y hermetismo. «Cuando le mostré la a mi madre, se conmovió. Le pregunté si estaba segura, si estaba orgullosa de la película que habíamos hecho, le dije que era importante, a fin de cuentas era un retrato de ella. Me respondió: ‘No, no. Es un retrato de ti buscando tu lugar en la familia, tu espacio’. Tiene razón. Hemos hecho una película sin guion, sin plan preconcebido. Salí a buscar a mi madre y supongo que, al final, también me buscaba a mí misma».

En algún momento ha comentado que necesitaba la cámara para hacer esas preguntas, igual que su padre empleó una canción y una para expresarle su amor. «En mi familia», reflexiona, «mirábamos con sospecha los excesos sentimentales. Con mis hijos no me importa ser muy sentimental. No tengo esos problemas. Pero con mis padres siempre estuvo ahí, presente, el reparo a mostrarnos demasiado emocionales».

No, las leyendas no pueden permitirse el pecado de la cursilería. Quizá por eso, para no levantar un retablo de gestos muy conocidos, o por inaugurar territorios emocionales vírgenes, Gainsbourg dejó fuera casi todas las imágenes de archivo. Los discos y películas icónicos. Las portadas de las revistas. Los noticieros y las galas. La avanza ligera, limpia y libre. Sin postrarse ante ningún altar ni recrearse en las hogueras del pasado. «Quería evitarlo, ya sabes, no quería fotos de mi madre siendo joven, quería mostrarla tal y como la veo hoy, y quería mostrarla sin mi padre; por supuesto él estaba ahí, incluso vamos a su casa, pero traté de evitar que vampirice el metraje». Un metraje recibido con devoción en Cannes y que esta misma semana llega a Filmin.

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