Los vecinos de la familia muerta en el incendio de un local okupado: «Sabíamos que esto acabaría mal»

«Es todo una desgracia», repite una y otra vez Josep Maria, el conserje de la finca del número 19-20 de la plaza Tetuán de Barcelona que alberga el local en el que la madrugada de este jueves han fallecido en un incendio un hombre y una mujer y sus dos hijos de uno y tres años.

Muestra cómo ha quedado tras el fuego el pequeño lavabo que tiene junto a su garita en la portería, negro, y se pone a charlar con un vecino que acaba de bajar.

Es Joan Surroca, que le cuenta: «A nosotros se nos ha llenado el piso de humo. A las siete menos cuarto mi mujer me ha despertado porque olía a quemado y entraba humo por el recibidor». 

Así ha quedado el lavabo de la portería tras el incendio.
Así ha quedado el lavabo de la portería tras el incendio. Carla Mercader

Joan explica a este diario: «Sabíamos que esto acabaría así. Lo habíamos dicho muchas veces. Era cuestión de tiempo». Y añade que el local estaba ocupado desde enero de 2020, que en septiembre de ese año los vecinos pusieron la primera denuncia ante una oficina de atención ciudadana (OAC) del Ayuntamiento y que han llamado a los en muchas ocasiones.

«La última vez ha sido esta noche sobre la una de la madrugada porque hemos oído a gente peleándose», apunta. Según Joan, en el local, además de los fallecidos, habían llegado a vivir «hasta 15 personas», habían pinchado el agua y eran habituales las discusiones en la calle, incluso «a bofetadas».

«A la familia que ha muerto la conocíamos de vista. No era gente con la que pudieras hablar mucho. Se pasaban el día peleándose. La mujer estaba siempre gritando», asegura. Del niño mayor, en cambio, afirma que era «majísimo», un «encanto», que le veían con frecuencia «en patinete para arriba y para abajo» y que «se había hecho amigo de unos niños de la escuela de al lado».

«A veces entraba a la portería a jugar. Era un chavalín muy simpático», dice el conserje, que lamenta que «esto se podría haber evitado si se hubieran hecho cargo de los niños los servicios sociales». «No podían estar así», agrega Joan, y explica que habían denunciado el caso a la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA), «y nada».

Katia, vecina de la finca, asimismo, asegura: «Aquí la ha venido un montón de veces por discusiones entre personas que ocupan el local, pero les tranquilizan y se van». Añade que últimamente veía «discutir mucho» a la familia fallecida, pero que «todo el mundo discute». Los de las «borracheras», los de las peleas más fuertes, eran los demás, dice.

Otro vecino afirma que la familia era «buena gente», pero tenían «reyertas» con quienes convivían, que el hijo mayor había jugado con el suyo y que antes de la tragedia de este martes ya tenían «miedo de que pasara alguna desgracia».

También conocía a la mujer, el hombre y los dos niños fallecidos el trabajador de una cafetería de al lado, que asegura que eran «muy normales» y que «venían a buscar café para llevar».

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