Acciones contra una guerra

La Unión Europea ha impulsado una poderosa aceleración a la respuesta común contra la indefendible agresión de Putin a Ucrania. Se ensancha desde hoy el repertorio de acciones contra en todos los terrenos: el económico, el político, el financiero, el propagandístico y en el apoyo militar. La UE ha dado un salto cualitativo que transmite la gravedad que asigna al expansionismo de Rusia y ha pasado de las económicas a una acción disuasoria que, por primera vez, incluye también la decisión de facilitar material militar de combate a terceros.

El paquete de anunciado por la Unión Europea emite el mensaje de que esta vez se busca una respuesta a la altura del desafío. Desde hoy, se amplía a más de 20 nuevos altos cargos y militares próximos a Putin la congelación de sus fondos. También resulta de aplicación inmediata el veto a cualquier transacción financiera con el banco central ruso. Ningún operador europeo podrá liquidar activos financieros de las reservas rusas. En el mismo sentido va orientada la decisión anunciada este domingo por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de desconectar a varios de los principales bancos de la plataforma de intercambios SWIFT y la congelación de la mitad de los fondos en reservas extranjeras que ha guardado el banco central ruso para hacer frente a contingencias. La resolución legal de esta decisión sobre el sistema SWIFT puede demorarse algunos días todavía para convertirla en una “intervención quirúrgica” que no perjudique a terceros. Las contradicciones del momento que vivimos, y que se arrastran de un pasado titubeante y ciego con Putin, comportan seguir pagando el gas ruso, dado que no se ha optado por una ruptura comercial completa.

Pero hay más: Von der Leyen ha anunciado también el cierre del espacio aéreo para todas las aeronaves rusas, incluidos los aviones privados de los oligarcas. Entre los costes de esta medida puede estar que Putin, por su parte, impida el paso de aeronaves europeas por Siberia, que es la ruta habitual y más corta, con el consiguiente aumento de costes. En la lucha contra la desinformación y la propaganda, Von der Leyen ha adelantado la prohibición inminente de la “maquinaria mediática” que utiliza el Kremlin en el espacio de la Unión Europea para difundir “información tóxica”. No hay más detalles sobre cómo se haría, pero se trata de la cancelación de la publicación o las emisiones de medios de comunicación como Sputnik o Russia Today. Limitar la difusión de medios siempre provoca inquietud, pero el debate no gira en torno a impedir o no la difusión en Europa de medios de información que defiendan una línea editorial de apoyo al Kremlin. La UE propone tomar medidas en plena guerra contra las terminales del aparato de desinformación y propaganda sostenido por una potencia agresora, que ha invadido ya ilegalmente un país y que amenaza la democracia y la paz en todo el continente y en el mundo.

Hay otra decisión crucial que contiene un valor simbólico añadido. La UE financiará con fondos europeos la compra de armas para suministrarlas a Ucrania a través de una unidad coordinada con Kiev. Nunca antes lo había hecho. Se trata de intentar compensar el enorme desequilibrio militar entre el país invadido y el invasor. La decisión satisface las demandas de auxilio militar de Zelenski, aunque está por ver el ritmo al que llegan y su eficacia ante un autócrata que no ha dudado este domingo en activar la amenaza nuclear.

La eficacia de las medidas depende también de las circunstancias internas en y de la resistencia de una población que empieza a movilizarse de forma significativa. Las bancarias han generado ya colas ante los bancos de ciudadanos retirando su dinero. La posible pasividad de una mayoría de la población —sin obviar la valentía de quienes estos días han salido a la calle en contra la invasión— no equivale a una aquiescencia acrítica con el putinismo. Y entre los objetivos de las medidas está el progresivo aislamiento de la capa dirigente y la potencial defección de oligarcas afectados por las medidas de presión en el primer círculo de apoyo de Putin. Las buscan, a la vez, la desestabilización económica de Rusia y fomentar la disidencia interna. Al menos dos multimillonarios rusos, Mijaíl Fridman y Oleg Deripaska, han pedido ya parar la guerra.

Las democracias deben alertar también a sus propias ciudadanías y hacer pedagogía sobre el precio a pagar por lo que está en juego. Los efectos potencialmente negativos serán dispares en cada país, pero penalizarán seguro a la economía, y el coste puede ser alto por el aumento de precios de la energía. También será inexcusable la ayuda urgente a los refugiados a través de programas de auxilio en clave humanitaria. Las primeras estimaciones apuntan a un impacto sensible en la economía pero no exorbitante, quizá, al inicio, de un punto de reducción del PIB para 2022 y algo superior sobre la ya preocupante inflación. EE UU y la UE han demostrado durante la que disponen de políticas e instrumentos para hacer frente a esta crisis con medidas fiscales expansivas y una estrategia de los bancos centrales que huya de sobresaltos como abruptos aumentos de los tipos de interés que favorezcan la recesión. Esas herramientas serán posibles con el liderazgo político y el compromiso de la ciudadanía para hacer frente a un ataque que trasciende a Ucrania y alcanza a la razón de ser —lo diremos una vez más— de las democracias liberales.

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