Treinta años del fin de la URSS: del colapso del mundo bipolar al sueño imperialista de Putin

La Navidad de 1991 aparece y aparecerá siempre en los libros de como una fecha que cambió el mundo. La caída de la URSS supuso un antes y un después en la estructuración del orden político mundial… pero, de aquellos barros, estos lodos, y del alma de aquel proyecto gigantesco de repúblicas soviéticas sobreviven las ínfulas de Vladimir Putin para construir una Rusia que, ante todo, sea una potencia geopolítica y cuyo poder de influencia no tenga casi límites. Este 2021 que ya toca a su fin se cumplen treinta años del fin de la URSS, que fue en realidad la meta de un largo proceso.

Para llegar al punto final, con la bandera rusa sustituyendo a la hoz y el martillo, tuvieron que darse una serie de acontecimientos desde bastante antes, y hay dos nombres que guiaron, aunque quién sabe si sin quererlo, todo el camino: Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin, nombrado en 1985 como jefe del Partido Comunista por el primero. Yeltsin, un absoluto desconocido entonces, empezó a dar pasos en contra de la idiosincracia comunista de entonces, pero no era consciente de que los hechos históricos se le iban a superponer sin que los pudiera controlar.

Guerra Fría y aperturismo con Gorbachov

La década de los ochenta se cerraba con claros signos de apertura por parte del Partido Comunista, con Gorbachov presentando planes -la perestroika- de reformas económicas y sociales que fueron bien recibidas por los líderes occidentales. Era todavía la época de la Guerra Fría y Moscú jugaba un equilibrio entre los guiños y las maniobras hacia fuera para mantener la tensión. Estas guías de cambios, unidas por ejemplo a la liberación de disidentes como Andréi Sájarov proyectaron un perfil de Gorbachov mucho más internacionalizado. Yeltsin, de hecho, cayó durante esos pasos precisamente por criticar el guion escogido por su mentor. La relación entre ambos saltó por los aires.

Estonia, Lituania y empezaron a hacer llamamientos a la independencia. Los países bálticos ya levantaban la voz a las puertas de los noventa y al mismo tiempo las críticas a las reformas se recrudecieron. En ese contexto, la Constitución soviética sufrió cambios importantes y el Congreso Popular de Diputados se abrió también al pluralismo, con la vuelta de Boris Yeltsin como diputado. La brecha en el régimen era ya más que patente. Y es ya 1989: un año decisivo para el mundo en general y para la URSS en particular.

La retirada de Afganistán fue casi la gota que colmó el vaso. Las tropas soviéticas acabaron reculando -en una que se repetiría años después con las estadounidenses-. Diez años había estado la URSS presente en el país y de un día para otro esa presencia se quedaba en cero. La pérdida de credibilidad exterior coincidía con numerosas protestas que se saldaron incluso con fallecidos, como en Georgia. La URSS quedaba tocada de muerte, y Gorbachov seguía insistiendo en el aperturismo pese a sus críticos.

El mes de julio de 1989 supuso otro giro más, con el hecho de que Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania y la zona soviética de Alemania, países del Pacto de Varsovia, alcanzado en 1955, empezaran a ser «libres». Lech Walesa venció en las elecciones en Polonia y Hungría miró también a occidente. Las repúblicas soviéticas empezaron a deshacerse del comunismo, con Gorbachov cuestionado como líder en Moscú, pero siendo elogiado por sus homólogos occidentales.

Cae el muro de Berlín, adiós al telón de acero

Pero, después de todo, el día que tiene una cruz puesta en todos los calendarios es el 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro de Berlín. El fin de la Guerra Fría, y la estocada para una URSS que ya agonizaba. Toda la estructura soviética se cayó como un castillo de naipes, país por país. El telón de acero desaparecía y con eso los movimientos se intensificaron hacia el reformismo. Sin ir más lejos, el matrimonio Ceaucescu se tumbó en Rumanía previa revuelta popular. Ambos, además, acabaron ejecutados.

Los últimos pasos de la URSS compaginaron las independencias con los intentos de Gorbachov por arreglar la situación. Azerbaiyán, Ucrania, Armenia, Turkmenistán y Tayikistán intensificaron sus reclamos para deshacerse de los lazos con el régimen soviético y aunque el Gobierno propone un nuevo Tratado de la Unión. Los países bálticos, Armenia, Georgia y Moldavia le dieron la espalda, pero salió adelante declarando que las (antiguas) repúblicas soviéticas podían declararse independientes. Letonia, Lituania y Estonia se suman al movimiento y también acogen su nueva soberanía. El día de Navidad de 1991 se certificó el final definitivo de la Unión Soviética. Un proceso de años finiquitado con la firma de un Gorbachov que. en plenas revueltas recibió el premio Nobel de la Paz. Criticado dentro, vanagloriado fuera.

Las voluntades de Putin

¿Ha cambiado tanto la mentalidad? No demasiado. De hecho, Vladimir Putin, en el poder desde 2002, siempre ha mantenido voluntades imperialistas. No olvida la URSS y quiere hacer su propio proceso para desandar la historia. Buena prueba de ello son los movimientos militares en Ucrania, con la guerra de Crimea, su presión sobre los países bálticos o que Georgia, y Moldavia sigan claramente bajo influencia rusa. Primero les llegó el turno a las regiones georgianas de Abjasia y Osetia del Sur, después a la ucraniana de Crimea y, seguidamente, a las regiones prorrusas de Donetsk y Lugansk en el en Ucrania. En el caso de la eslava Bielorrusia, el proceso de integración ya está también en marcha. «Somos un solo pueblo», insiste Putin, cada vez más beligerante y más alejado de occidente.

Y llegamos a la actualidad. En 2021 -casi 2022- cerca de dos tercios de los rusos (el 62%) lamentan la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, según una encuesta publicada por el centro de opinión pública FOM. Entre los nostálgicos, la mayoría (el 82%) son personas de entre 46 y 60 años, es decir, quienes eran verdaderamente jóvenes cuando la URSS colapsó, se despidió y el mundo cambió. Aunque ahora Moscú -no solo Putin, también la población- quiera volver a hacerlo cambiar… ¿en sentido contrario?

Поделитесь этим с вашими друзьями (Compártelo con tus amigos)

Добавить комментарий

Ваш адрес email не будет опубликован.