El poder del , película de Jane Campion basada en una novela de Thomas Savage —que se estrena este próximo viernes en cines y desde el día 1 de diciembre en la plataforma Netflix—, confirma la noble pervivencia del wéstern, género americano por antonomasia, asociado siempre a su historia, a su conquista y a sus esencias económicas, sociales y morales. Su buena salud, pese a los agoreros que lo vienen matando desde antaño, está basada desde finales de los años sesenta en una continua reactualización en la que se unen la transgresión y el clasicismo, los nuevos análisis multiculturales, sexuales y de género, junto con la subsistencia de ciertos iconos y mitos. Desde hace un par de décadas no se producen demasiados títulos al año; un puñado, si acaso. Pero, a cambio, los atrevidos creadores parecen saber lo que se hacen: la calidad suele ser altísima, como si ya no se pudieran hacer wésterns malos. Algunos ambientados en el periodo por excelencia de la conquista del Oeste, entre 1865 y 1890, justo después de la guerra civil estadounidense, y otros muchos en épocas posteriores (o anteriores), trascendiendo su arco temporal clásico para alcanzar incluso nuestra contemporaneidad.

Por todo ello nos hemos propuesto un análisis conjunto, a través de los títulos fundamentales de lo que llevamos de siglo XXI. Películas de estilos, a veces, radicalmente opuestos, que sin embargo comparten semejantes resonancias: hogar, familia, conquista, violencia, legado, territorio, frontera. El héroe ya no es el que era, porque no puede serlo, pero el wéstern sigue cabalgando.

Open Range (Kevin Costner, 2002)

Simplemente el mejor tiroteo de estos 21 años de wésterns. Una larga secuencia de casi media hora, situada en el clímax final del relato, en la que domina la acción, aunque no en solitario. Con poderío de narrador, Costner la acompaña de breves conversaciones, redondeo de subtextos, modelado de personajes, y un brío y un realismo formidables. Seguramente la más clásica de las elegidas para este festín del género, Open Range fluye de un modo natural con sus fundidos a negro, sus encadenados de montaje, su melancólica y una bella historia de amor. “Aprende un oficio y tendrás siempre un techo que te cobije y comida en la mesa”, aconseja el personaje del maestro Robert Duvall, nobleza en la mirada. “Para un hombre hay peores cosas que morir”, clama el de Costner, pesadumbre de sus tiempos oscuros, crepúsculo acechante. Como en otros grandes títulos del Oeste, hay un pueblo que se limita a mirar ante el desafío contra la injusticia. Pero, impulsados por las mujeres, hasta ellos se atreven contra el crimen y la corrupción. La justicia del revólver.

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Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005)

En el del nuevo siglo ya no hacen falta los subterfugios, como cuando en Río Rojo (Howard Hawks, 1948) Montgomery Clift y John Ireland comparaban la belleza de sus pistolas mientras se miraban fijamente a los ojos con arrobo, y acababan montando un espectáculo de disparos sincopados metafóricamente orgásmico. En la película de Lee, basada en una novela de Annie Proulx, Jack Twist y Ennis del Mar, sonoros nombres, cowboys de rodeo y cuidado del ganado, viven una preciosa y prohibida historia de amor de casi 20 años, en las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX. Una feliz vida imposible juntos, narrada con enorme sensibilidad a golpe de maravillosas elipsis que hacen que el relato brote con extrema tranquilidad, en contraste con su fuego interior. Aun así, la vulgar Crash le birló el Óscar a la mejor película casi en la línea de meta, tras otorgar la academia a Lee el premio al mejor director minutos antes. ¿Mal gusto u homofobia? Puede que ambas cosas.

Disponible en y Rakuten.

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007)

Sobre la figura de Jesse James, el más legendario forajido del Oeste, se han hecho nada menos que 38 películas. Algunas, como la magistral Tierra de audaces, de Henry King, inciden en las justas razones sociales que provocaron sus primeros delitos. La de Dominik, sin embargo, destaca, además de por su estilización, por un último trecho en el que se empieza a forjar el mito, parte desde muy pronto de la cultura popular. Después de matar a Jesse por la espalda mientras enderezaba un cuadro, Bob Ford, interpretado por un esquivo Cassey Affleck, voz aflautada, mirada turbia y oblicua, vanidad de lameculos, se dedicó a (re)interpretar el crimen durante años en espectáculos teatrales junto a su hermano, y cómplice, Charley. Hasta asesinarlo 800 veces más en el escenario. No es ficción, es historia de Estados Unidos. Y Dominik otorga a Ford concepto de elegido, como un Judas predestinado a acabar con un Jesucristo muy particular.

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No es país para viejos (Ethan y Joel Coen, 2007)

Ciertos especialistas la definen como neo-wéstern. Otros, como post-wéstern. En realidad, aunque se ambiente en los años ochenta y tenga argumento de thriller, el tratamiento de los hermanos Coen es de puro clásico desde sus primeros planos, paisaje americano, influencia del territorio sobre el ser humano, el mito fundacional, la violencia como modo de conquista. La droga es el nuevo oro. Hay coches y camionetas, sí, pero también rastreos de huellas, caballos, frontera, desierto, un paraje “cerca del OK Corral” y un relato sin esperanza narrado por un sheriff defensor del valor de la ley. Película fidelísima a la muy visual novela homónima en la que se basa, del maestro Cormac McCarthy, posee diálogos como balas que se incrustan en las tripas: “¿Cuánto es lo máximo que ha perdido a cara o cruz?”. Y Javier Bardem, descomunal, compone un villano para la historia. Ethan y Joel remataron el siglo XXI del del Oeste con Valor de ley (2010) y La balada de Buster Scruggs (2018).

Disponible en Netflix y Rakuten.

Deuda de honor (Tommy Lee Jones, 2014)

El wéstern renovó la épica del viaje de la tradición griega: seres condenados a vagar, no siempre en una dirección fija ni con un destino determinado. Es la odisea del descubrimiento, asociada a la búsqueda del hogar. Y aunque los directores del Nuevo Hollywood de los setenta le dieran una vuelta con su consustancial del crepúsculo, Lee Jones lo retuerce aún más con una dimensión hiperrealista hasta lo insoportable. Clasicismo y modernidad se dan la mano en una obra protagonizada por una mujer fuera de su época, independiente en tiempos imposibles, en los que ya no hay posibilidad de conquista porque nada se puede conquistar. El duelo honorable no cabe en un mundo en el que solo valen la puñalada trapera, el bocado a traición y los disparos en los pies. Nueve años antes, Lee Jones había seducido con la formidable Los tres entierros de Melquíades Estrada, relato fronterizo escrito por Guillermo Arriaga, entonces guionista de las películas de Alejandro González Iñárritu, con su habitual desestructura narrativa.

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Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015)

El debut del inclasificable e interesantísimo Zahler, que más tarde revolucionaría también el thriller carcelario y el policiaco de atracos con las no menos salvajes Brawl in Cell Block 99 (2017) y Dragged Across Concrete (2018), le da un viaje al wéstern con una película que comienza como una comedia negra de los hermanos Coen y acaba con un festín gore digno de una película de terror. Con unos diálogos de majestuosa sofisticación y sin abandonar algunas de las esencias del del Oeste: la épica del viaje como hecho físico, la culpa no asumida, el antiheroísmo, el camino de la venganza y la tentativa de una batida de hombres por recuperar a una mujer secuestrada, como feroz variante de la niña de Centauros del desierto. Que los indios cortaban cabelleras lo sabíamos por infinidad de películas, pero nos lo habían dicho sin mostrarlo del todo. Al menos con esa bestial explicitud.

Disponible en Filmin y Amazon.

Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015)

Paisaje nevado, leve movimiento de cámara desde la estatua helada de un Cristo en medio de la nada. Diligencia al fondo. Se acerca al ritmo de la música, envolvente, lúgubre, casi de terror. Con los violonchelos, los contrabajos y la percusión atronando. También con los oboes, los fagotes y la tuba. Solo son los títulos de crédito y el enganche es irremediable: el poderío visual de Tarantino y el sonoro de Ennio Morricone. Los odiosos ocho, una película de cámara ambientada en apenas dos escenarios —el interior de una diligencia y una gran cabaña—, con larguísimos diálogos plenos de salvaje humor negro y estructura de cluedo: quién esconde una identidad que no es la suya. Un puzle de pequeñas pistas, con múltiples referentes cinematográficos —Corbucci, Carpenter y, entre ellos, la magnífica película española Condenados a vivir (Joaquín Romero Marchent, 1972)—, protagonizado por lo peor de la especie humana en el del Oeste. Ocho abominables seres, dispuestos a sacarle las tripas a cualquiera.

Disponible en Netflix.

Comanchería (David Mackenzie, 2016)

Taylor Sheridan es otro de los nombres fundamentales en la pervivencia del del Oeste. Guionista de Comanchería, director de los thrillers con alma de wésterns Wind River (2017) y Aquellos que desean mi muerte (2021), y creador de la serie de televisión Yellowstone (2018), Sheridan habla en la película dirigida con rabia exultante por Mackenzie de temas del ahora que se hunden en el entonces de la épica del género. O también al revés, de temas del entonces que por desgracia siguen plenamente vigentes: el combate entre el proscrito y el orden económico establecido; los desahucios, las injusticias, los precarios trabajos de sol a sol, el poder de los bancos y el legado de la violencia. Las recompensas económicas y morales están ahí, al alcance de la mano, pero para conseguirlas quizá haya que morir antes. Comanchería, las uvas de la ira del desolador e inhóspito presente.

Disponible en Amazon.

The Rider (Chloé Zhao, 2017)

La vida, tantas veces más difícil de domar que un caballo salvaje, suele dar las coces más peligrosas. Los protagonistas del segundo largo de Zhao —antes de la oscarizada Nomadland—, cowboys del nuevo milenio, se interpretan a sí mismos en una suerte de representación de su existencia en forma de docudrama cargado de simbolismo. El profundo lirismo de The Rider, sin embargo, no está enfrentado con la capacidad crítica, con el retrato del desasosiego social de un modo de vida arraigado en la tradición, pero que también lleva acarreado en su morral el incierto presente de una América que se cae a trozos. El joven protagonista lleva una placa metálica en el cerebro debido a una patada traicionera, pero los en los que se desenvuelve su odisea moral también andan necesitados de un artilugio que sostenga su tambaleante mito. El Far West pocas veces estuvo más cerca de la miseria.

Disponible en Filmin y Amazon.

First Cow (Kelly Reichardt, 2019)

Vaqueros viene de vaca, y First Cow, como indica su título, habla del origen, del primer ejemplar en un territorio hasta entonces yermo como Oregón. Solo por eso, la película de Reichardt ya debería estar en el podio de los mejores retratos sobre el modo de vida americano. Pero es que, además, concentra dos de las esencias del país: el sueño de la búsqueda, del territorio físico y del alimento económico, del porvenir en toda regla, como destino idealizado y como certeza del hogar; y el proyecto del emprendimiento, enmarcado en la figura de un inmigrante chino, listo como el hambre, que se une a un cocinero especializado en repostería para sacarle todo el jugo a la amistad y, aún más, toda la leche a una vaca que para ellos es su particular mina de oro. Reichardt, que ya se había adentrado en el género en la desasosegante Meek’s Cutoff (2011), colonos en busca de su lugar en el mundo, compone en First Cow un singular wéstern de atracos, en el que la caja fuerte no es sino la teta de un bovino.

Disponible en Filmin y Movistar.

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