Su vida empieza para nosotros cuando ya había dejado su vida en y en París, y luchaba por abrirse un espacio en estas tierras con la carga de un pasado del que poco hablaba, salvo para hacer humor. Lo conocimos como un papá bastante alcahuete, un tío dispuesto a oír a sus sobrinos en problemas, un profesor con cualquiera que le pidiera consejo, un vecino dispuesto a levantarse a medianoche para llevar a alguien al hospital o a prestar unos dineros de vida o muerte.

Y desde luego, como un artista. Porque era artista hasta el fondo, y su vida y la nuestra siempre estuvieron permeadas por los olores de la pintura o del aguarrás de los grabados, por sus obras, sus clases en la universidad, sus amigos pintores. De muchas maneras, para cada uno de nosotros era claro que vivía sus procesos creativos no solo como campos de regocijo y disfrute estético, sino también como viajes al infierno, de donde surgían sus desgarros internos y se reflejaba la dura realidad que había vivido en la de los años treinta y cuarenta y la que veía y vivía en su país adoptivo.
Pero las más de las veces, ese papá nos tocaba como un ama de casa sensata, cosa que mamá no era. Era él quien salía cada día a hacer el mercado. Luego, en la cocina, le explicaba a la cocinera lo que tenía en mente, buscando transmitir una idea, una mezcla que le recordaba el gusto mediterráneo de su lejana Barcelona o un nuevo sabor que descubría en los materiales y recetas de la cocina colombiana.

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Porque la cocina y la pintura se turnaban el sitio en su almohada, dando como resultado unas pinceladas, unos colores y unos platos que variaban según sus inspiraciones nocturnas. Nunca se nos ocurrió que pudiera haber la misma idea creativa en un cuadro abstracto y en un pescado con uvas pasas, pero tal vez sí era así.
Luego se encerraba a pintar o a grabar en metal, con una concentración tan profunda que solo daba lugar a acompañarlo en silencio, oyendo la que siempre estaba ahí: Brahms, Mozart, Verdi, Rossini… Le gustaba la ópera, como le gustaba la novela. Siempre había un disco de en su estudio y una novela esperándolo en la sala.
A eso de la doce salía al jardín, y en esos momentos uno podía encontrarse a un papá con la cabeza coronada por una tormentosa nube o a un papá alegre, optimista y dicharachero, según como hubieran progresado sus pinceladas mañaneras o como estuviera progresando el almuerzo en manos de Gladys o de María Luisa.

Quién sabe si por las privaciones de su juventud, entre ellas el hambre y las dificultades de la posguerra y de las estrecheces de París–, o por la nostalgia del mundo que dejó atrás, en él había algo siempre festivo en torno a la comida, la conversación y los amigos. La vida de su casa en Suba estuvo siempre animada por distintas generaciones de amigos, que venían a almorzar, a festejar algo, a tomarse un trago al final de la tarde, a hablar. Era la misma alegría que le producía viajar, recorrer carreteras y llegar a lugares distantes, conocer gente, ayudar en la cocina de una ranchería a fritar una mojarra, cocinar una langosta en una playa o preparar una pierna de cordero o una paella en casas de amigos. Era, sin duda, una persona vital y generosa, con una carga de profundidad que solo él conocía.

A veces nos mostraba sus cuadros en el estudio. Cosa que hacía en silencio, transportando siempre él mismo los grandes bastidores para hacer desfilar, uno tras otro, los lienzos de la serie que acababa de terminar, esperando reacciones que elaboraba pensativo y distante. Finalizado este proceso, para nosotros un espacio casi sagrado de descubrimiento, servía un whisky y volvía a la conversación animada y al humor de siempre.

A veces lo visitaban periodistas, a los que recibía feliz porque era vanidoso y haber tropezado con algo parecido a la fama en el camino de su vida lo hacía feliz.
Sin duda, exponer su obra implicaba para él una prueba. Alguna vez le oímos decir que era como si cada vez expusiera ante el público a sus hijos desnudos. Sin embargo, cuando íbamos hacia alguna de sus exposiciones, vestidos y peinados por mamá, veía las calles bogotanas llenas de carros y nos decía con una sonrisa feliz: “¡Todos esos van a mi exposición!”.

Esa fue siempre una de sus características. Siempre, o casi siempre, encontraba la manera de hacerles el quite a las angustias y durezas de la vida, con esa mezcla de bondad y humor un poco escéptico que lo acompañó siempre. Tal vez por eso le gustaba tanto Georges Brassens.

Ahora, viéndolo con distancia, si alguna de sus canciones lo define podría ser La boda:
“Siempre recordaré el día feliz de la boda pobre en que mi padre y mi madre fueron a casarse ante el señor alcalde.

“Para decirlo con franqueza, fue en una carreta de bueyes jalada por amigos y empujada por parientes, como los viejos amantes celebraron sus bodas, después de un largo amor, de un eterno noviazgo.

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“La multitud observaba con ojo protuberante ese raro cortejo nupcial; nos contemplaba el mundo fútil, como si nunca hubiera visto algo semejante.
“De golpe el viento empiezo a soplar, llevándose a la vez el sombrero de mi padre y a los niños del sagrado corazón. Y arreció la lluvia, distribuyendo con precisión sus gotas, como para impedir a cualquier costo la boda.

“Nunca olvidaré a la novia bañada en llanto, meciendo como a una muñeca su gran ramo de flores. Yo, altivo, para consolarla, hice sonar los grandes órganos en mi dulzaina. Entonces, todos los pajes de honor levantaron el puño al cielo gritando ¡por Júpiter!

“La boda continúa, por los hombres difamados, por los dioses contrariados, la boda continúa y ¡que viva la novia!”.

ANA RODA y  MARCOS RODA*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
(*Hijos del maestro)

Poeama a la partida de un padre

EL ÚLTIMO CUADRO

La mañana afuera en el jardín.
El sol describe todo minuciosamente: amarillo, verde, negro.

Adentro, en el estudio, suena un celo de Brahms.

El esfuerzo de pintar esos cuadros enormes lo ha agotado.
Lo ha vaciado.
El enfisema está cerrando sus pulmones.
Se ahoga.

Este es el último.
La exposición en Madrid da igual. El plazo no se cumplirá.
La cantidad de obras terminadas no alcanza.
El ánimo se ha agotado.
La fuerza se ha ido. La vida ya está hecha.
Tiene ochenta y dos años.
No es poco.

Si el arco de la cellista duele en las entrañas, entonces uno puede dejarse llevar, flotar inerte sobre la música, abandonado y aceptar que los ojos naden y el diafragma se afloje.

Escoge un cuadro de los pequeños. Uno que apenas había esbozado.
Unos brochazos de amarillo cromo y rojo, sobre los que pasó un trapo en algunas zonas, casi borrando el color, dejando solo un cálido velo.
Luego un azul rey mezclado con azul de Prusia y una punta de rojo en otros brochazos rápidos sobre las zonas limpiadas.
Y pasó otra vez ese trapo, adelgazando, mezclando y repartiendo el color.
Quedó un centro, un poco descentrado, de amarillo fuerte y dos amplias zonas de azul malva en los lados, que dejaban intuir la calidez del amarillo de abajo.

Se deja caer en el sillón.
Por una vez no ha pensado en cómo acabarlo. No ha dado vueltas sobre la almohada sopesando distintas soluciones. No se ha dormido con la respuesta feliz guardada en una mano.

No había dormido.

Sabía que su estado era frágil y que era inevitable.

El doctor le había puesto una mano en el hombro.
No hay nada que hacer, Roda, es irreversible y no queda mucho.
No se engaña. Nunca se había engañado. Está deprimido. Está profundamente deprimido. Está enfermo.
Se está muriendo.

Un hombre que se muere está solo.
Aunque haya gente a su alrededor.
Aunque no haya gente a su alrededor, siempre está solo.
En la vida uno, finalmente, está solo.

Miró ese cuadro.
El último cuadro.
Da igual. Daba igual.
Amarillo. Naranja. Azul. Violeta.

Quería fumarse un cigarrillo. Quería, terriblemente, Fumarse un cigarrillo.
Se levantó con un enorme esfuerzo.
Tomó un pincel de tamaño mediano y mango largo.
Mientras miraba la tela, lo untó con óleo negro que disolvió un poco mezclándolo con trementina sobre el vidrio que usaba como paleta.
Siguió mirando el cuadro, mientras retrocedía un poco.
Cruzó los brazos.

Las comisuras de la boca hacia abajo.
El ojo que siempre lleva más abierto analiza fríamente la fuerza de lo que está pintando. Quieto y preciso.
El otro habita, nublado, en un mundo distinto.
Las manos, detrás de la espalda, se anudan.
Un dedo se mueve rítmicamente.
Su figura, envuelta en una bata manchada de mil colores, adopta una inmovilidad pétrea.

Pasaron cuatro minutos. Entonces se fue con el pincel por delante hasta un punto que ya había decidido. Con un rápido movimiento de muñeca recorrió el gesto que había planeado.

Retrocedió para mirar con distancia.

Un ángulo rompía ahora el espacio. Un ángulo agudo. Negro.
Una estructura. Un amarre.

Ahora lo cuadrado del cuadro y el ángulo negro dialogan.
Se ha establecido una tensión.
Entonces se vuelve a sentar.
Sin dejar de mirar relaja el cuerpo.
El CD deja de sonar.
Se decide, saca un cigarrillo y un encendedor del bolsillo donde se los esconde.
Inhala el humo con cuidado, para no toser, para no asfixiarse.
Deja pasar un tiempo. Logra un silencio mental extraño y lo deja pasar.
Entonces toma una decisión. Se dirige al lienzo con mucha calma. Toma el pincel al revés y lo usa para grabar unos garabatos en la pintura, creando una especie de letras en el centro del centro descentrado, para luego cruzar el espacio, rayando la pintura con la punta del mango en una diagonal definitiva que deja ver el lienzo a través del color.

Y ahora, tantos años después, me entero de que papá pidió que ese cuadro se colgara delante de su cama.
El día en que iba a morir.
El día en que se estaba muriendo.
Me lo contó Mireia.
Fue Pedro, su hijo Pedro, mi hermano, quien martilló contra la pared mientras él se ahogaba.
El que colgó el cuadro.
Pedro.
Todos estábamos allí.
Dábamos vueltas alrededor de su cama.
Cuando él se desmayó, agotado me fui para mi casa, al otro lado de la montaña.

Esa tarde, a las cinco, mientras volvía de mi casa y del otro lado de la montaña, papá se moría.
Lo sentí mientras caminaba.
El sol rasante del final de la tarde iluminó de repente el paisaje con violencia, con una y un golpe de brisas cálidas, reales o imaginarias, que me inflaron las alas y, por un momento, la naturaleza se llenó de plenitud.

Papá se había muerto.

MARCOS RODA

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