Este fin de semana se va a celebrar la décima edición del DAU, dedicado a los juegos, y servidora está emocionada por participar en él. Verán, lo bueno de retomar una afición después de unos años es que te puedes volver a enamorar de ella como si fuera la primera vez. A mí me ha ocurrido durante la con los juegos de mesa, que no con los de azar; que por suerte no me tientan. Estuve sin jugar a rol durante casi tres lustros, pero como muchos antiguos jugadores, la obligada socialización por vía telemática del confinamiento me llevó a recuperar un ‘hobby’ que muchos dejamos por falta de tiempo o por la distancia física con otros aficionados, dos obstáculos que las videoconferencias han ayudado a sortear.

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Jugar –a rol, a juegos de tablero, o, incluso, a los mucho más ‘mainstream’ videojuegos– sigue teniendo una vaga connotación de pasatiempo sospechoso, no ya por lejanos ecos del sensacionalismo con los que se los trató en el pasado, sino porque pervive la idea de que jugar, si eres adulto –y más aún, si eres una mujer adulta– es una actividad poco respetable porque no tiene utilidad práctica directa: en su ensayo clásico ‘Homo Ludens’, Johannes Huizinga dice que el juego “es una actividad libre y significativa, que se hace por el placer de hacerla, y está espacial y temporalmente segregada de las exigencias de la vida práctica, con reglas propias”. Ojo, aunque los juegos se utilizan a menudo como herramienta pedagógica y pueden abordar temas políticos o morales, esa no es su misión principal. Como, por otra parte, tampoco se le exige que lo sea al cine, al teatro o a la literatura.

Recién despertada de esta hibernación lúdica me encuentro, además, que en este hiato han llegado muchas mujeres a la afición, y que también editan, diseñan y escriben; y que la perspectiva y los temas que abordan son ahora mucho más diversos y ricos. La sociedad ha cambiado y los juegos con ella, y lo han hecho para bien. Un rayo de optimismo que atesorar en un mundo que ha olvidado el placer de, simplemente, jugar por jugar.

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