Tras llevar meses -meses digo- mareando la perdiz con excusas impostadas e infantiles del estilo: «No apoyaremos los Presupuestos si no desmontan (es un ejemplo) el chiringuito de Alcalá de Guadaira», se ha quitado la careta y Abascal y sus acólitos andaluces, entre los que no sobresale un solo personaje reconocido, no sólo han desembozado a la fuerza, modo Esquilache, al Gobierno de coalición PP-Ciudadanos, sino que ahora se disponen a forzar el adelanto de las elecciones regionales. Todo -según reconocen en el partido- para propulsar la candidatura de la mujer, Macarena Olona, que, desde hace tiempo, arrasa en la formación, muy por encima del exaltado Abascal, cada día más escorado a la derecha de la ultraderecha, y del trío Espinosa-Monasterio-Smith. «¿Puede ser -se pregunta un disidente de Vox- que intenten mandar a Olona al Sur para que no siga restando protagonismo a los oficialistas de Madrid?»  Desde luego que, con su pirueta, los «polacos» españoles han dejado perfectamente nítida una constancia; a saber, prefieren, por lo menos en Andalucía, la compañía de y de toda su cuadrilla de siglas revolucionarias, que la del Partido Popular de Juanma Moreno, un gestor que, en apenas tres años de «Gobierno del cambio» ha clausurado sin demasiados aspavientos  ocho lustros de corrupta autocracia.

Sugieren los más templados pero acríticos militantes de que la susodicha martingala dejando a Moreno casi en solitario, va a ser entendida a la perfección por el ejército de hooligans que acogen las rurales proclamas de Abascal como si fueran los gritos de Moisés en el desierto. Es decir, que todo el mundo dentro del partido entiende absolutamente que Abascal se haya tomado la revancha de aquel furioso e inesperado exordio de Casado en la moción de censura. Está haciendo sangre con aquel aviso de: «¡Os vais a enterar!» que el PP desdeñó como si fuera sólo el pellizco de monja de un amigo rebotado. Y ya se ve que, que en poco más de quince días, se ha aliado en el Parlamento Nacional y ahora en el de Andalucía con todo lo peor de la clase política española, con los que pretenden -y lo están consiguiendo-  barrenar el país. A los dirigentes de los dedos de su ansiada supremacía electoral se les hacen huéspedes y ahora mismo su mensaje al exterior es inequívoco: “No hemos venido a colaborar con el PP, hemos venido a destruirlo”.

Y en ese menester se encuentran. Naturalmente que desprecian, con una altanería que a veces resulta insoportable, las advertencias de quienes, desde sus cercanías, les indican que mala cosa es pasearse cogiditos de la mano de la escoria de la política nacional. Se han convertido de hecho en aliados, nada ocasionales por ahora, de la señora Rodríguez, de ese imberbe Kichi que todavía es alcalde de Cádiz, y de los comunistas más enrabietados de a quien la sublime Ada Colau ha presentado como la líder mundial de la Revolución pendiente. Desde aquella estupidez de Leire Pajín: “Se va a producir una conjunción planetaria…” no se había escuchado en entera una estolidez más soberana que la de la alcaldesa de Barcelona. Pues bien, esta caterva de políticos coléricos son, desde ahora mismo, el cortejo anti-PP que Abascal, en una decisión que, ni siquiera tiene la tentación de explicar, ha escogido en Andalucía.

Su razón -dicen- es que sus posibilidades electorales en las ocho provincias están aumentando considerablemente. No se sabe en qué sondeos fundamentan esta percepción, porque los más rigurosos apuntan a que Moreno esta frisando ya la mayoría absoluta. Su apuesta no son estas muestras sociológicas más o menos fiables, es la personalidad arrolladora de Olona que, si por fin abandona el confort brillante de Madrid y aborda el AVE andaluz, se verá en la obligación, sin ir más lejos, de aclarar si suscribe la energuménica propuesta de cepillarse las autonomías y, por tanto, claro está, la de Andalucía. Es muy difícil, imposible mejor dicho, que con una tal fantasmada que sólo se puede formular desde una oposición con ánimo de enquistarse como tal, la derecha de la región deposite sus votos en la cesta de Abascal y de su enviada especial, la formidable  Macarena Olona.

Ojo en todo caso a lo que ocurra de aquí al 28 de febrero, Día de la Región. El PP, se supone, va a gastar todos sus ímpetus en exigir que explique los motivos de su negativa a aceptar unos Presupuestos tan generosos en el gasto (el justificado, no las idioteces de los chiringuitos) como en los ajustes. El objetivo de los andaluces ahora mismo y según reflejan los medios, es impedir que el cajero de los fondos europeos, Pedro Sánchez, siga regando las cajas de sus socios de ocasión, la Esquerra de Cataluña, o el bochorno persistente del PNV, en detrimento de territorios en los que todavía subsisten pozos no de pobreza, que de esos ya hay afortunadamente muy pocos, sino de escaso desarrollo que están a la espera de abandonar definitivamente la abulia subvencionada en la que les sumió tantos años de totalitarismo social comunista en Andalucía. A Vox le han comido los mocos sus voceros áridos y se ha colocado con toda conciencia, pero arrebatados por la revancha, al lado de los que han decidido el derrumbe no ya de nuestra democracia, de nuestra Monarquía Parlamentaria, y de nuestra inigualable Transición, sino de la Nación más antigua de Europa. Son también -y Abascal lo debería recordar- los que tienen en su mochila exactamente ochocientos cincuenta y cinco asesinados. De verdad, Abascal: ¿usted se ha vuelto majareta?

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