La realidad silenciosa de la violencia de género en mujeres mayores de 65 años

La lacra de la violencia de género es una realidad cada vez más palpable a raíz de la visibilización que se le ha dado a lo largo de la última década. Una triste verdad de la que se han apropiado movimientos autodefinidos como sociales y partidos políticos que la mayoría de las veces poco o nada hacen en su favor. Un problema intergeneracional arraigado en lo más profundo de una sociedad que se ha centrado, sobre todo, en la juventud y la adultez. Y mientras tanto, la violencia de género en mujeres de más de 65 años es una realidad invisible y silenciosa.

Las denuncias de maltratos en parejas mayores representan un porcentaje pequeño comparado con el de otros colectivos. No porque dichas agresiones sean casi inexistentes, sino por la normalización por parte de la propia víctima y del entorno familiar. Así lo explica el estudio La violencia de género en la mujer mayor de 65 años. Protocolo de detección elaborado por la Universitat de les Illes Balears (UIB) para el Ayuntamiento de Calvià. El texto no culpabiliza a la mujer por su situación ni su silencio. Analiza las causas para buscar soluciones y sacar a la esta realidad.

El estudio expone que los casos detectados normalmente son de largo recorrido y que la violencia más que física, es psicológica. Además, asegura que la mujer mayor no denuncia ni pide ayuda e incide en que ocasiones se debe a que no es consciente. Pero en los casos en los que sí lo es, opta por callar. Entre las principales causas se encuentran los valores culturales sexistas asumidos, también las razones económicas. Aquí, la investigación hace un especial inciso en cómo la dependencia es un factor de riesgo, al igual que el aislamiento social y la falta de apoyo externo al matrimonio. De igual modo, son causas detectadas el sentimiento de vergüenza y el miedo a las consecuencias.

Si bien en los últimos años son cada vez más frecuentes las campañas de concienciación, las víctimas mayores de 65 años no se identifican con estas. Según el estudio, no las ven como instrumentos de soporte e información dirigidas hacia ellas. Aquí también entra el problema de la brecha digital. Muchas de las herramientas pensadas para denunciar los casos de violencia utilizan las nuevas tecnologías, que este colectivo no sabe utilizar bien. Esto sólo deja una una vía de detección, según el estudio, el personal de atención primaria que tiene contacto habitual con el matrimonio.

El profesional como figura de confianza

Los sanitarios juegan un papel clave en todo el proceso, que además no es sencillo. Según el protocolo que establece la investigación, han de convertirse en una figura de apoyo para la víctima. En este sentido, el servicio de atención domiciliaria es importante porque es la vía más directa y constante. Para ello, el profesional recibe formación para establecer un lenguaje común con la persona, que le permita ganarse su confianza y ofrecerle un acompañamiento durante el proceso.

El rol que deben asumir los sanitarios no es sencillo. Implica inmiscuirse en la vida privada del matrimonio. Tiene que estar atento frente a posible síntomas y signos de violencia machista y hacer un seguimiento. Al fin y al cabo, cuando no hay denuncia, es el responsable de reportar la información en caso de sospecha.

Entre las dificultades con las que se encuentran los profesionales, el estudio señala como la principal que el matrimonio comparta el mismo equipo de atención primaria. También que la mujer llegue acompañada al centro sanitario por su pareja. Si la víctima nunca está sola con el profesional, este no tiene posibilidad de intentar ayudarla sin que el agresor se percate de lo que sucede. Además, la investigación señala como otra problemática las preguntas de cribado de las entrevistas, pues considera que son demasiado directas. Sin embargo, frente a un problema tan serio como la violencia de género, no caben medias tintas.

La pandemia, un agravante

La crisis sanitaria ha complicado la lucha contra la violencia de género en todos los ámbitos. El confinamiento y la reclusión social han empeorado la situación de muchas víctimas y han generado otras. En el caso del colectivo de las personas mayores, la ha afianzado todavía más la invisibilidad de su situación. La detección de casos se ha complicado, a pesar de que el servicio de a domicilio ha seguido funcionando, aunque con menos frecuencia.

Los nuevos protocolos sanitarios estipulan que la mayoría de las entrevistas deben llevarse acabo vía telefónica o telemática. Así, la falta de interacción personal debido a la necesidad de mantener la distancia social ha agravado una situación ya de por sí compleja. La vulnerabilidad del colectivo se ha acrecentado y han aumentado las situaciones de soledad y aislamiento social.

Las mujeres de más de 65 años han caído todavía más en el olvido. Los discursos feministas, institucionalizados y politizados, tampoco piensan en ellas. Los cánones y las maniatadas consignas elaboradas por políticas como la ministra de Igualdad, Irene Montero, sólo buscan decirle a las mujeres lo que está bien y lo que está mal. Y de fondo, las víctimas de este colectivo han perdido apoyos y carecen de herramientas con las que enfrentarse a una violencia de género invisible y silenciosa.

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