Judith pasea entre las tumbas con soltura de andar por casa. Debe de ser la única persona que considera un cementerio “acogedor”. “Es mi hogar”, se encoge de hombros. Desde los 3 años vive al lado de nichos. “No he podido tener vecinos más tranquilos”, sonríe. 

Cementerio de Poblenou. Si alguien tuviera aquí un tropiezo repentino con una panda de espíritus y lo solucionara a la vieja usanza -corriendo hacia la luz, a lo Carol Anne en ‘Poltergeist’- , llegaría a esta casa. Está a apenas unos metros de las hileras de lápidas. “No muchos –puntualiza Judith-. La pared de la habitación de mi abuelo da al cementerio”.

A primera vista, nadie la compararía con las casas de las pelis de terror. La puerta da al jardín de entrada al recinto. Si te paras justo antes de atravesar el paso de acceso a las tumbas y miras a la izquierda, verás a Manuel sentado en su sillita leyendo el periódico delante de su casa. “Manuel Arias González”, se presenta de carrerilla. “94 años”, dice apretando el bastón. Y te lanza una mirada arrugada que parece haber vivido más que Jordi Hurtado. “Yo entré aquí en Cementerios en el año… -se lo piensa-. No me acuerdo. 54 o 55”, resopla. “Me querían mucho los jefes, era muy trabajador”, dice con la boca grande. Pone los ojos en blanco en cuanto le sueltas preguntas paranormales a lo Iker Jiménez. “Buah –quita hierro-. Es un trabajo como otro cualquiera”.

“29 años” trabajando entre tumbas. “Yo era el paleta –detalla-. Abría el nicho y lo volvía a tapar. Tapar y abrir, tapar y abrir”. Su mujer limpiaba panteones y nichos “a petición de la gente”. A Manuel se le empañan los ojos al mencionarla. “Hace dos años que se ha muerto”, dice. Por eso ya casi no entra al cementerio, se justifica. Le recuerda a ella. “Como limpiaba los panteones… ahora cuando entro me pongo a llorar”.

«Era como un parque para mí»

“A mí me gustaba mucho ir con mi abuela al cementerio”, recuerda al lado la nieta. “Cuando iba a limpiar nichos, me llevaba con ella, porque no me podía dejar sola en casa. Y yo de pequeñita me montaba mis películas –sonríe-. Iba por los callejones, mientras mi abuela limpiaba. Era como un parque para mí”. Lo dice –insiste acto seguido- con todo el respeto a los difuntos. “Yo no cambiaba mi infancia aquí por nada”. 

Judith Arias vive en el cementerio desde los 3 años. Tiene 24. Sí, ve películas de miedo en casa. “De hecho, es mi género favorito –promete-. Me dan más miedo las películas que la realidad”, se ríe. “Yo siempre digo que hay que temerle más a los vivos que a los muertos”.  

Ella puede decir sin cruzar los dedos que ha oído gritos que salían del cementerio cuando ya había cerrado: “¡Por favor, por favor, quiero salir de aquííííí!”. No eran espíritus, no, sino alguien que se había quedado encerrado. “Aquí es habitual, la gente no mira a qué hora cierra”, asegura. “Alguna hemos tenido con ataque de histeria”. Ella les dice ya con rutina doméstica que vayan a la izquierda -hay una puerta que se puede abrir desde dentro, la que da a Taulat-, y “que cierren al salir”.

Anecdotas tétricas

Judith ha dado más sustos sin querer que los videclips de Leticia Sabater. “Era Halloween –recuerda una de sus mil anécdotas-, y yo decidí disfrazarme ‘low cost’: de persona mayor, de esas típicas de pueblo. Salí después de cenar, a las once, en plena noche, del cementerio”. Casi se les sale el corazón a los del bar de enfrente. “Pegaron unos gritos…”.

Incluso le han parado los mossos al entrar en casa. “¿Dónde vas?, ¿dónde vas?”. Ella se había olvidado las llaves y estaba saltando la valla del cementerio a las 3 de la mañana. “Bajé con toda mi calma y les dije: ‘A mi casa’. Imagínate la cara de los policías. ‘¿Nos estás vacilando?’. No, vivo ahí’”. Tuvo que salir su tío a dar fe.  

Nunca ha tenido miedo aquí, insiste Judith. “Al final es tu casa. ¿Qué miedo vas a tener?”. No, no cree en fantasmas. Ni siquiera ha tenido que pedir un milagro al Santet. “De momento -se ríe-. No lo descarto”.

“Vienen muchos que creen en él. Y dicen que lo ven”. Manuel señala con el bastón a modo de guía la tumba con más ofrendas del cementerio. La lápida del Santet está parapetada con un cristal y una ranura a modo de urna para peticiones sobrenaturales. Hasta la Wikipedia advierte de que si se mira fijamente la brecha de la lápida se puede ver el más allá. “¡Qué van a ver!”, Manuel reniega con la cabeza. En todos estos años, asegura al lado la nieta, nunca les ha pasado nada digno de ‘Cuarto milenio‘. “Nunca jamás”.   

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 “Allí había otros vecinos –recuerda Manuel ya aposentado en su sillita a la fresca- y allá abajo, otros”. Señala con el bastón hasta cuatro puertas. Es la última familia que queda aquí. La última, de hecho, que aún vive en un cementerio de Barcelona. Comparten casa nieta, tío, padre y abuelo. Y alguna vez se han encontrado a algún señor. “¿Y usted quién es?”. Se les acercan a preguntarles el número de tal nicho. Entran sin picar como si fuese una oficina. 

“Si yo me tuviera que marchar ahora de esta casa sería la muerte mía –confiesa Manuel-. Le he cogido un cariño enorme”. Vive aquí “desde el 57”, esta vez dice el año sin titubear. “Antiguamente –añade su nieta- a la gente que trabajaba en el cementerio les ofrecían una casa para vivir con sus familias”. “Y aquí estamos –se encoge de hombros el abuelo-. Y hasta que muera. Cuando muera, esto ya lo dejan”. ¿A uno se le quita aquí el miedo a la muerte? Judith asiente sin dudar. “Lo ves como lo que es –responde-: parte de la vida”.

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