Las máscaras no mienten: terror, política y rebelión

El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona traza una cartografía subversiva de la máscara, desde el Neolítico a las Pussy Riot pasando por el Ku Klux Klan o V de Vendetta. Y las de pandemia

La icónica máscara de 'V de Vendetta' dibujada por David Lloyd..
La icónica máscara de ‘V de Vendetta’ dibujada por David Lloyd..

¿Quién se esconde tras la máscara? Un racista del Ku Klux Klan, el subcomandante Marcos, una activista de las Pussy Riot, uno de los amados ladrones de La casa de papel, un masón en su ceremonia de iniciación, un idealista dispuesto a dinamitar el sistema al grito de V de Vendetta, un luchador mexicano… Y, tras las quirúrgicas, tú y yo. ¿Qué secretos, qué verdades, ocultan las máscaras? El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) traza una cartografía subversiva de la historia y los significados del antifaz en la más ambiciosa de la temporada, ‘La máscara nunca miente’.

Hace 9.000 años, en pleno Neolítico, los humanos empezaron a moldear las primeras máscaras relacionadas con rituales y ceremonias mortuorias. Una de ellas abre una que, 700 piezas después, se cierra con las de usar y tirar. «No es una exposición oportunista. Empezamos a prepararla antes de la pandemia. Pero sí ha tenido un epílogo que no esperábamos. Nuestro mundo no puede entenderse sin máscaras, menos aún en el momento actual», admite el comisario Servando Ochoa, autor del ensayo Algunas cosas oscuras y peligrosas. El libro de la máscara y los enmascarados. Del al activismo político, de los villanos a los héroes, de los monstruos a las víctimas de guerra, de los disfraces carnavalescos a los mecanismos de control sociopolítco. «¿Por qué usamos máscaras? Lejos de lo que pudiera pensarse nos enmascaramos no para mentir o falsear, sino para mostrarnos, para enseñar una realidad y generar una distancia. El porqué nos ocultamos obedece a razones muy complejas y diferentes en cada caso», apunta Ochoa. Si los miembros del Ku Klux Klan se ponían una capirote para convertirse en monstruos y cometer monstruosidades, las chicas de Pussy Riot escogieron pasamontañas de colores chillones en vez del típico negro terrorista porque, según admitieron en un juicio, «no queríamos parecer malas». Y, como en tantos movimientos reivindicativos -de muy distinta índole e ideología-, el diluir al individuo para convertirlo en una colectividad: «No existe el yo, sino el nosotros», una filosofía que viene del subcomandante Marcos. O que las Pussy Riot subvierten en otra frase: « no es Rusia, somos nosotros».

Una acción de las Pussy Riot en 2012.
Una acción de las Pussy Riot en 2012.

La magna del CCCB se divide en siete capítulos que dan una dimensión pop y contemporánea a la Historia. Incluso los inicios del Ku Klux Klan (KKK) tenían orígenes carnavalescos y un uniforme con motivos carmesí muy distinto a las túnicas fantasmales que adoptó en el siglo XX. Inmediatamente después del KKK aparece Fantomas, aquel héroe-villano nacido de las novelas policíacas de Marcel Allain y Pierre Souvestre. Fantomas fascinó a poetas y pintores, sobre todo a Magritte. Ochoa analiza esa dimensión onírica y surrealista de Fantomas: «Claro que hubo archivillanos antes que él, pero Fantomas glorificaba el crimen y ridiculizaba a la policía, generando simpatía. Desaparecía a su antojo por azoteas y alcantarillas. ‘Solamente en sueños se puede atrapar a Fantomas’, decía Magritte».

En la escurridiza frontera entre el Bueno y el Malo se ocultan (o refugian) antihéroes de cómic como el Rorschach de Watchmen o V, el revolucionario inspirado en Guy Fawkes en V de Vendetta, ambos creados por el guionista Alan Moore. David Lloyd dibujó la icónica máscara de V, que ha dado rostro al colectivo Anonymous y, con un toque de inspiración y bigote daliniano, al séquito de La Casa de Papel. Todas las máscaras pop y su consiguiente merchandising se exhiben en el CCCB (no están ni Spiderman ni Batman ni los súpers clásicos). También una recreación de una logia masónica, el universo dadaísta o un ring de boxeo con decenas de máscaras de luchadores reales. Y el Apocalipsis, el de una pandemia que ya fue: la del cólera o la gripe española. Pero en nuestro presente la metáfora es una mascarilla celeste.

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