Por instinto, suelo desconfiar de aquello que se presenta como unanimidad social. Los discursos que empiezan por «la gente», «la calle», «la sociedad», «los hombres», «las mujeres», «la nación», «los trabajadores» o «los empresarios» y continúan con un verbo que se refiere a acciones que en puridad solo pueden llevar a cabo las personas (piensan, sienten, creen, opinan, actúan…) han causado a lo largo de los siglos a errores y tragedias. Ser un disidente siempre ha sido un mal trago.

En el tiempo de la comunicación de masas, los grandes medios de comunicación eran actores clave para construir estas unanimidades, en ocasiones ficticias. Hoy, las redes sociales disputan con ahínco este poder a los medios tradicionales, hasta el punto de que en cada uno de los nichos o burbujas que creamos con las personas (y bots) que conforman nuestro timeline se generan pequeñas unanimidades en las que no cabe la mínima expresión de disidencia. Son burbujas de pensamiento único que degradan nuestra conversación pública, parapeteados en las trincheras digitales, jaleados por lo propio y blindados al pensamiento ajeno.

La eclosión de estas mini-unanimidades no implica que no persistan grandes unanimidades sociales. El coronavirus, por ejemplo, las ha generado. Salir a la calle durante el confinamiento era tabú, aunque la disparidad de y horarios fuera más que discutible; aplaudir a los sanitarios cada día era obligatorio, aunque muchos de los que jaleaban a médicos y enfermeras votaran a partidos que recortan la sanidad; no llevar mascarilla, o al menos dudar de su eficacia, era anatema. Y, ahora, los que no se vacunan se merecen que se limite su libertad de movimiento, entre otros derechos, por insolidarios y egoístas. La unanimidad social es tan aplastante que aquellas corrientes políticas que buscan su espacio al sol a través de la provocación y la supuesta disrupción (en realidad, defienden al ‘establishment’ más reaccionario), como la extrema derecha, han comprendido que la transgresión pandémica es la mejor forma de ganarse el pan, de ahí que Santiago Abascal no aclare si se ha vacunado o no. Para ellos, desafiar la unanimidad pandémica (como otras: la climática o la guerra cultural identitaria) es una máquina de votos. 

Dónde estará mañana el listón

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La ha cambiado menos cosas de lo que algunos predijeron, pero una idea sí ha calado: si la unanimidad social es lo bastante fuerte, no hay derechos y libertades que no puedan tocarse. Hoy hemos decidido socialmente que una emergencia sanitaria es lo bastante importante para encerrarnos todos en casa o que nos planteemos limitar las libertades de quienes hayan tomado la decisión de no vacunarse. Es legítimo preguntarse dónde pondremos mañana el listón de la unanimidad social.

Por desgracia, la irracionalidad del movimiento contrario a las vacunas, alimentado por bulos en su propia burbuja de unanimidad tierraplanista, y la manipulación de la (extrema) derecha del concepto de libertad individual, impiden un debate serio sobre cómo quedará nuestra relación con los derechos y libertades en la nueva normalidad pospandémica. Pero no es un tema menor, por mucho que la unanimidad social de unos y el griterío acientífico e irracional de otros, lo silencien.

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