Muere a los 87 años la pintora Carmen Laffón, la gran paisajista de Andalucía

Actualizado Domingo,
7
noviembre
2021

13:19

La artista nació en en 1934 y su obra es un alegato de inspiración, delicadeza y seriedad pictórica.

La pintora Carmen Laffón
La pintora Carmen LaffónEFE

Ha muerto a los ochenta y siete años Carmen Laffón, la pintora del silencio y la horizontalidad en su casa de La Jara, en Sanlúcar de Barrameda: el sábado por la noche se acostó tranquila y este domingo por la mañana su cuerpo ya no latía, su espíritu se había ido. La artista nació en en 1934 y su obra es un alegato de inspiración, delicadeza y seriedad pictórica.

Sus padres, que se habían conocido en la Residencia de Estudiantes de Madrid y que procedían del ámbito de excelencia de la Institución Libre de Enseñanza, alentaron su vocación artística. Su primer maestro fue Manuel González Santos, que la animó a matricularse en la Escuela de Bellas Artes de recién cumplidos los quince años. Tres años después termina la carrera en la Escuela de Bellas Artes de Madrid donde conoce e intima a los que luego serán sus amigos de generación.

primero y Roma más tarde alimentaron su mirada, su conciencia artística, las primeras pinceladas con seguridad y carácter. De vuelta a España, Carmen Laffón se instala en Sevilla, pinta en la casa que la familia poseía en La Jara, frente a la desembocadura del Guadalquivir, y viaja a Madrid para reunirse con sus amistades, conocer sus obras y preparar proyectos con la galerista Juana Mordó.

No se dejó imbuir por las tentaciones abstractas que incendiaron Cuenca a mitad del siglo pasado. Por el contrario, su pintura se hizo cada vez más figurativa a la vez que etérea, más naturalista a la vez que vaporosa. Carmen Laffón edificó una obra que desde sus inicios nada tuvo que ver con la de sus contemporáneos.

La suya fue una pintura silenciosa y horizontal, alejada de las exasperaciones de una época en que la abstracción constituía el mejor modo de expresar el hartazgo y la figuración se había hecho vertical, condicionada por la alargada sombra de Picasso, que era violento, genial y cabrón.

En cambio, Laffón proponía una serenidad, una templanza que algunos colegas confundieron con feminidad y que por lógica tenía que ver con su particular modo de entender el mundo.

La obra de Laffón había cobrado desde los setenta del pasado siglo mayor visibilidad en su ciudad natal en las exposiciones que organizó en la galería Rafael Ortiz, en la calle Mármoles. Luego se acercó a la enseñanza y en compañía de sus amigos Teresa Duclós y José Soto crean la escuela El Taller. En 1992 el Reina Sofía de Madrid le dedicó su primera gran antológica. Bajo el título de Bodegones, figuras y paisajes, Carmen Laffón reunió treinta años de trabajo artístico.

Hay dos modos de entender la obra de la artista: desde el barroco y desde su ausencia. En Andalucía, en sobre todo, el barroco dejó hace siglos de ser un estilo para convertirse en un adjetivo. Escapar de la seriedad de Velázquez y de la dignidad de sus bufones, de su mirada líquida y sus modernos fondos, o dar la espalda a Zurbarán, a su minimalismo ascético y a su alambicada sencillez, es una tarea muy difícil cuando una artista abre taller a un salto de la hispalense plaza del Museo. Quisiera o no, esa sombra pendió en ella a lo largo de toda su carrera artística.

Pero junto a ese legado, Laffón construyó un estilo propio que se alimentaba de todo aquello que nos rodea y frente a lo que apenas prestamos atención: la horizontal de una ciudad apenas a veinte metros sobre el nivel del mar, la salinidad que sube por la ría y que impregna sin pretenderlo el aroma del lienzo, el mensaje de los objetos quietos, su posición sobre la mesa, el orden del bodegón, la ausencia humana, el viento invisible o la búsqueda del aire y su vacío que solo don Diego fue capaz de pintar.

De todo esto ha dado fe la amistad que mantuvo con Juan Bosco Díaz-Urmuneta, que comisarió sus últimas exposiciones y coordinó el catálogo razonado que la Fundación Cajasol editó el pasado año.

Carmen Laffón, que era académica de la Real Academia de Artes de San Fernando, recibió en vida las más altas distinciones: En 1982 el Ministerio de Cultura le concedió el Premio Nacional de Artes Plásticas; en 1999, la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, y en 2013, la administración autonómica tuvo a bien concederle el título de Hija Predilecta de Andalucía. Estos días el claustro de la Universidad de Jaén había aprobado investirla como Doctor Honoris Causa.

El año pasado tuvo la fortuna de inaugurar en tres sedes diferentes otras tantas exposiciones donde repasó su carrera artística, mostró su obra más reciente y recordó la cercanía que todo creador tiene con su estudio y sus paisajes predilectos. Se diría que aquellas tres exposiciones fueron el epitafio que Carmen Laffón quiso ofrecer a su ciudad natal antes de desaparecer para siempre. Conviene recordarlas

En la plaza de San Francisco, en la Fundación Cajasol, se exhibió una antológica que mostraba sus años de juventud y madurez. En el Centro de Contemporáneo, en la Isla de la Cartuja, colgaron sus últimas obras, grandes formatos en torno a las montañas de sal de Bonanza. Y el Museo de Bellas Artes montó una deliciosa exposición de gabinete alrededor del estudio que ocupó en la calle Bolsa de Sanlúcar de Barrameda.

Hoy su obra se agiganta y guarda mayor silencio que de costumbre. Por un momento la desembocadura del Guadalquivir y el quieto horizonte del coto de Doñana han enmudecido y la estas horas no es blanca sino cerúlea en señal de duelo por su pintora fallecida.

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