Muere Raúl Rivero, poeta, periodista, disidente y ejemplo de la dignidad de Cuba

El exilio es una máquina trituradora que llevó a Raúl Rivero hasta un rincón de Miami en el que ha muerto a los 75 años, 16 años después de salir de Cuba, desterrado por la dictadura de Fidel Castro, por algunos de los que fueron sus compañeros de idealismos. Por entonces, Rivero, poeta, periodista y disidente, ganador de los premios de la Libertad de Prensa de la Unesco, Periodistas de EL MUNDO y Ortega y Gasset, llevaba varios años entrando y saliendo de la cárcel, perseguido por haber fundado la primera agencia de noticias independiente en Cuba después de la Revolución de 1959. El Estado lo había acusado de estar a sueldo de los enemigos de la isla; ningún cubano, ni más ni menos cercano al Gobierno de Fidel Castro, se tomó siquiera en serio aquellos cargos. Curiosamente, en España, el primer país que lo acogió en 2005 y que le dio su segunda nacionalidad, hubo quien sí que siguió ese juego.

La vida de Raúl Rivero es una especie de síntesis de la de Cuba en la segunda mitad del siglo XX, un viaje del idealismo del desencanto y, después, al inconformismo. Nació en Morón, en provincias, hijo o nieto (nunca estuvo muy claro) de emigrantes canarios, a tiempo para recordar la Cuba de antes de la Revolución y para registrar la euforia de la caída de Batista. Rivero se trasladó por esos años a La Habana para entrar en las primeras promociones de la Escuela Oficial de Periodismo y para participar en un mundo que hoy parece soñado: Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Nicolás Guillén, Lezama Lima y Eliseo Diego representaban las distintas generaciones de una edad de oro de la literatura cubana a la que Rivero tuvo acceso muy pronto. Los maestros recibían en sus casas, bebían (bebían mucho) con cualquier admirador y compartían cotilleos como si fueran hermanos mayores.

Fue radiante el recuerdo de aquellos primeros y efímeros años en los que el castrismo tenía más que ver con lo que habría de ser el mayo del 68 que con el totalitarismo soviético. En los cines se proyectaban las películas de Elvis Presley y se bailaba con el rock’n’roll del enemigo del norte, el amor era casi libre y los extranjeros llegaban a la isla y participaban en una especie de gran socialista y cosmopolita.

Pero la isla era pequeña y pronto se conocieron los presagios del giro que habría de dar la historia, accesibles para cualquier aprendiz de periodista como Rivero, que pronto entró en la redacción del diario El Mundo de La Habana: historias de caídos en desgracia, de represalias brutales, de corrupciones… Rivero recordaba a menudo a un compañero de armas de Fidel Castro que inocentemente advirtió al comandante de que los comunistas se estaban queriendo adueñar de la Revolución.

No había llegado aún el momento clave en la vida de Rivero. Por entonces, Raúl lo tenía todo para recibir las gracias de la dictadura: poeta temprano y eternamente juvenil, casi un beat caribeño; escritor de talento para convertir el aire de optimismo y despreocupación que lo rodeaba en poesía; periodista culto y lleno de habilidades sociales; intérprete atento y generoso de la cultura popular de América Latina, desde el bolero hasta las radionovelas; hombre nuevo, ajeno a las viejas élites de la isla… Rivero construyó con esos atributos una prometedora carrera de escritor dentro de la oficialidad cubana. Conoció a todo el mundo, a todos los escritores que pasaron por Cuba en aquella época, desde Vargas Llosa y Jorge Edwards hasta García Márquez y Roque Dalton. Los entusiastas y los escépticos, los cínicos y los ingenuos. Fue testigo también de la manera en que el Estado destruyó a Cabrera Infante, Carlos Franqui, Belkis Cuza Malé y Heberto Padilla, los primeros miembros de la fraternidad revolucionaria expulsados del santuario. El caso de Padilla, un poeta casi ajeno a la realidad, un hombre inofensivo para cualquiera que no fuese él mismo, fue una primera grieta en la manera en la que Rivero se adhería a la Cuba oficial.

Aquello ocurrió en 1971. A Rivero le quedaba aún una década y media para larvar su desapego y su tristeza, para encontrar las fuerzas necesarias para enfrentarse a los que aún eran sus amigos personales. Su carrera como periodista no se detuvo. Fue corresponsal en Moscú, viajó a China, a del Norte y por toda la socialista y volvió descorazonado a Cuba. Informó desde la de Angola, el Vietnam de Cuba, y la experiencia lo llevó al borde del cinismo. Se encontró, a la vuelta, con la caída del Muro, con el fin de la ayuda sociética y con el Periodo Especial, los años del hambre y los apagones. Con todo perdido, en medio de un mundo en el que sólo cabía la supervivencia, Rivero tuvo el gesto que lo convirtió en un héroe para muchos. Desafió a la dictadura.

Su plante también tuvo fases: primero fue una oposición pasiva, un dejarse caer de la carrera de méritos dentro del sistema. Renunció al oficio de periodista, encabezó una nueva generación de cartas de protesta a Fidel en defensa de los presos de conciencia, se convirtió en un intocable, desoyó a mil amigos que le explicaron que estaba arruinando su vida… En 1995, pasó a la acción y fundó la agencia de noticias Cuba Press, un mito del periodismo libre cuya infraestructura provoca hoy una sonrisa. Una mesa, una máquina de escribir y algo de equipo fotográfico que siempre había que rescatar de las manos de algún colaborador no del todo leal. En eso consistía Cuba Press.

Rivero no estaba solo: por esos años, su vida se ligó a la de Blanca Reyes, su tercera mujer, líder de otra familia disidente en Cuba, la de las Damas de Blanco, la persona que lo ha acompañado hasta sus últimos meses en Florida y la que movilizó al mundo cada vez que la dictadura hizo encarcelar al periodista. Al final, la persecución fue tan cruel (hubo una condena inconcebible a 20 años) y el estupor internacional tan contraproducente para Cuba que los gobiernos de Castro y José Luis Rodríguez Zapatero acordaron la evacuación de Reyes y Rivero a Madrid. Es difícil saber si la palabra adecuada fue expulsión, exilio o destierro.

¿Fue dura la cárcel? Debió de serla, pero el relato que hacía Rivero de aquella experiencia parecía cosa de un filósofo guasón: la cárcel no lo había llenado de resentimiento sino de una comprensión llena de buen humor. Cuando se refería a los viejos amigos que nunca rompieron con la Revolución, Rivero fue siempre afectuoso y dulce. Cuando se exilió en Madrid y empezó a escribir en el diario EL MUNDO (de nuevo, un periódico llamado EL MUNDO), estuvo siempre dispuesto a recibir a los cubanos que pasaran por España, fuera cual fuera su posición política.

Durante sus años en Madrid, Rivero quiso construir el después de Fidel desde la reconciliación de las dos cubas. Imaginaba para su isla un futuro como el de la España de la Transición, una democracia liberal en la que él sólo aspiraba a volver a hacer periodismo. Se veía a sí mismo como un socialdemócrata y la prueba de ello es que a duras penas pudo conectar con la línea dura del exilio cubano. En España, país al que llegó invitado por un Gobierno del PSOE, logró que el anhelo de democracia en Cuba fuese una política de Estado compartida por los dos principales partidos políticos. La quiebra del 15-M puso en parte en crisis ese consenso, como se demostró en la respuesta española a las protestas de este mismo año.

No fue eso lo que rompió por última vez el corazón de Rivero. Lo que de verdad marcó sus últimos años fue la intuición primero y la certeza después de que no iba a haber un «después de Fidel» en Cuba, ni siquiera un «después de Raúl Castro», que la dictadura iba a mutar lo mínimo para mantener el poder. Ese desengaño fue en paralelo a la crisis de 2008 y al deterioro de las empresas periodísticas, una especie de fatalidad profesional que fue en paralelo a la política. De aquellos años es una entrevista de su colega Leonardo Padura en la que el novelista explicaba que el exilio mataba todo, mataba hasta la vocación literaria y que por eso él no se había ido de la isla pese a la dictadura y la miseria. Rivero había sido ya una víctima de esa maldición. Sólo le quedó replegarse en su familia, en sus hijas mayores y en su yerno, que desde hacía años vivían en Estados Unidos. Es difícil saber si España lo trató como se merecía o no. Le dio un refugio, le dio premios y le dio algunos años de buen trabajo. Pero el día en el que que se fue de Madrid todos sabíamos que Raúl Rivero se sentía muy huérfano.

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