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La salud mental como bien común

El planeta se ha convertido en una de volcanes en erupción. La pandemia, las desigualdades económicas, la emergencia climática y la polarización tienen una repercusión profunda sobre la salud física y mental. La exposición permanente y acumulativa a situaciones adversas globales está descompensado a personas con enfermedad mental y nos avisa que cualquiera puede alcanzar la condición de persona depresiva, adicta, bebedora, angustiada, con deterioro cognitivo o con intención de morirse.

Las cifras de recaídas y de nuevos casos son más que recordatorios de la vulnerabilidad global. Invocan el milagro de la supervivencia. La mayoría consigue alejarse del precipicio. Algunos lo hacen como quien deja atrás una pesadilla. Consideran que lo mejor es pensar en otra cosa, aunque sea a base de o de alcohol. Los hay que llevan camino de superar estos dramas volviéndose resilientes. Se «vacunan» contra las malas experiencias. Pero los mecanismos de negación y resiliencia están sobreexplotados en una sociedad que trata de librarse de toda forma de negatividad. Donde los «dolores corporales» y la locura son la negatividad por excelencia. El «Nada debe doler» es un imperativo de la Modernidad que huye del sufrimiento. ¿Quién aguanta la mirada de una madre y un padre que han perdido a un hijo por suicidio? ¿Quién es capaz de ayudar a una persona con una esquizofrenia o un autismo para lograr una vida digna? Byung-Chul Han, sentencia: «la política […] no tiene el valor de enfrentarse al dolor […] rehúye las reformas profundas que pudieran ser dolorosas»

Heidegger decía que la filosofía brota siempre de un «estado de ánimo», con la angustia, la curiosidad, la admiración, la excitación. La compasión por las personas con enfermedad mental y la angustia por romperse ante tanto trauma colectivo son emociones inestables. Necesitan traducirse en reflexiones y acciones o se marchitarán o, lo que es peor, se convertirán en ríos de lava que aneguen las calles.

A raíz de la pandemia, la salud mental se ha instalado en las agendas pública y política. Por ahora provoca más aceptación que controversia, pero el imperativo hedonista y la volatilidad del estado de ánimo de los ciudadanos son resistencias poderosas para que no aterrice en la agenda de los gobiernos con acciones específicas que no sean una mera continuación de lo mismo. ¿Cómo es posible que el componente 18 del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia para canalizar los fondos europeos, aquel que pretende renovar y ampliar las capacidades del Sistema Nacional de Salud dedique 2’55M de euros a salud mental, el 0’24%, de una inversión total de 1.069M de euros? ¿por qué cuesta tanto poner en marcha un verdadero plan estatal contra el suicidio o para la salud mental de niños, niñas, adolescentes y jóvenes? ¿Qué significaría que las distintas agendas en liza se tomaran en serio la salud mental?

No es fácil responder a la última cuestión. Puede ayudar, considerar a la salud mental dentro de una lógica del bien común, desde una concepción cívica. Según Michael J. Sandel, autor de referencia sobre la moral en política y premio Princesa de Asturias de ciencias sociales 2018, «El bien común pasa por una reflexión crítica sobre nuestras preferencias que nos permita disfrutar de unas vidas más dignas […] Requiere una deliberación con nuestros conciudadanos acerca de cómo conseguir una sociedad justa y buena que cultive la virtud cívica y haga posible que razonemos juntos sobre los fines dignos y adecuados para nuestra comunidad política» La salud mental como una contribución al bien común desde el ideal cívico requiere una sociedad, una política y un gobierno que haga posible la deliberación en momentos y espacios concretos. La convención o asamblea ciudadana formada por personas no expertas, ciudadanos corrientes, de a pie elegidos por sorteo cívico puede hacerla posible. Se trata de un espacio de reconocimiento donde el otro te importa porque entre el otro y tú hay algo en común. Sería una gran sala en la que están sentados mujeres y hombres, viejos y jóvenes, pobres y ricos, obreros y empresarios, profesores y alumnos, gentes de cualquier procedencia que residen en un territorio concreto. Todos allí para escuchar, aprender, deliberar y hacer recomendaciones sobre la manera de ayudar a resolver asuntos complejos como la salud mental o el cambio climático.

Una política sobre la salud mental preocupada solo por los síntomas, los brotes, la seguridad, la limpieza o el alojamiento de las personas con enfermedad mental, por importantes que son, va a debilitar la posibilidad de que alcancen la dignidad como seres humanos. Una verdadera política sobre salud mental, al menos, procurará que unos y otros logremos una vida buena al ser queridos, estimados, necesarios para las personas con quienes compartimos una vida en común. En definitiva, cuando contribuimos al bien común. Un maravilloso ejemplo de esto último y un espejo en el que mirarse es el Wellbeing Budget o Presupuesto del Bienestar de la primera ministra Jacinda Ardern en Nueva Zelanda que va más allá del rendimiento económico basado en un análisis de coste-beneficio y del Producto Interior Bruto para centrarse en cinco ejes prioritarios de acción: mejorar el bienestar infantil, dar el apoyo a los maoríes, construir una nación productiva, hacer sostenible la economía y, créanlo, tomar en serio la salud mental.

Dicho con humildad, otro buen punto de partida, puede ser el proceso deliberativo que en los próximos meses vamos a iniciar en la Comunitat Valenciana para responder a la pregunta ¿Cómo abordaría usted la salud mental, las drogodependencias y las conductas adictivas en nuestra comunidad? Dispone de un panel de personas expertas en áreas diversas como la filosofía, la literatura, la sociología, la historia, la educación y, por supuesto, la clínica. También se ha creado un comité de seguimiento formado por representantes de los grupos parlamentarios de Les Corts, las asociaciones de personas con enfermedad mental y familiares, los agentes sociales (sindicatos y empresarios) y las sociedades y colegios profesionales relacionados con la salud mental (desde psiquiatras y psicólogos hasta trabajadores sociales y terapeutas ocupacionales). Aunque el diseño deliberativo y el sorteo cívico se fundamentan en más de 250 experiencias previas y en una metodología validada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, es la primera vez que se ocupa de la salud mental de cinco millones de personas. Una convención ciudadana de estas características no dejará intactas las opiniones, los prejuicios, los mitos y los bulos sobre la salud mental.

Todo existir humano tiene su tiempo. Los ciudadanos, los interpretes políticos y los gobiernos tienen que hacerse cargo del momento que vivimos para considerar que la salud mental de cada uno contribuye al bien común y, asimismo, el bien común puede promover la salud mental como un bien propio.

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