Este jueves se estrena en el Teatre Lliure ‘L’oncle Vània’, el montaje dirigido por el lituano Oskaras Koršunovas con actores catalanes. Ya pudo verse en Temporada Alta. Hablé entonces de él y ahora reincido, porque vale la pena recalcar las bondades de un espectáculo que reestructura la manera de leer a Chéjov, que nos lo acerca desde una perspectiva que, jugando con los tópicos que siempre asociamos al ruso (un samovar que preside la escena, una melancolía latente, la inquietud por el paso del tiempo y por las ilusiones perdidas) consigue transmitirnos una visión contemporánea en la que juegan, por supuesto, la preocupación explícita por la degradación de la naturaleza y por la falta de conciencia del futuro que legaremos a nuestros hijos, pero también el efecto espejo que se establece entre unos personajes que podrían sernos lejanos y nosotros mismos, espectadores y partícipes de los conflictos humanos, de los amores desgraciados, de la dignidad perdida, del afán por la apariencia, pasiones que nos los acercan.

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Chéjov es un clásico porque habla de nuestro presente. Y aquí, Koršunovas combina el arrebato y el delirio con la parsimonia y la lentitud, para llegar a un final donde todo se diluye.

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