Una economía que vive por encima de sus posibilidades

La europea, en general, pero la española, especialmente y en particular, están viviendo por encima de sus posibilidades. Se ha instalado en el gasto permanente, en convertir en derecho toda necesidad, en buscar que se le financie cualquier actividad. Es una sociedad que, claramente, no mide cuáles son sus posibilidades de devolución de la deuda que asume con el desequilibrio generado por el exceso de gasto, que actúa de anestesia ante esta situación.

Hace años, era impensable que se financiasen con dinero del contribuyente tantas actuaciones de gasto como las que ahora se llevan a cabo. Entonces, por ejemplo, los billetes de metro o de autobús cubrían la mayor parte del coste del viaje; ahora, escasamente llegan al 40% del mismo, pues las tarifas se congelan. Se publicitan una serie de días “gratis” en las líneas de autobús, o, directamente, se establece alguna de ellas en la que no se cobra ningún por usarla ningún día.

Antes, sólo en los museos y un día a la semana se permitía acceder sin pagar la entrada, para fomentar la cultura y hacer posible el acceso a la misma de los menos pudientes, gratuidad que era lógica y necesaria, como lo es tener una universal, una educación que permita que todos disfruten de igualdad de oportunidades, una justicia que funcione y un ejército que asegure la defensa nacional.

Igualmente, es lógico que se vertebre la actividad con una red de infraestructuras y sistemas de transporte que sean financiados en parte por el sector público, pero sin caer en la barbaridad que supone no cobrar casi nada por ello, porque sólo conduce a la insostenibilidad de dichos servicios. Por ejemplo, Si el de Felipe González no se hubiese obcecado en no dejar construir autopistas, habríamos tenido esas carreteras construidas y financiadas por el sector privado, y mantenidas por el pago de los viajeros que las utilizasen, con la alternativa de las carreteras nacionales para quien no quisiese pagar un peaje. Como se negó a ello, acabó con la alternativa de las carreteras nacionales y ahora, tras haber sido pagadas con fondos públicos, el Gobierno quiere imponer peajes sobre las mismas, sin contar ya con una vía de escape en la que no pagar.

Vivimos por encima de nuestras posibilidades como economía, pues no generamos lo suficiente para poder sufragar los gastos que se ejecutan, de ahí el alto endeudamiento español, que va camino de convertirse en estructural, sostenido gracias al respaldo del BCE, sin el que no se podría mantener en esos niveles. La respuesta política a este desfase es ordenar subidas de impuestos, que asfixian más a la población. Quieren llegar a una confiscación extrema, que mermará la renta disponible de los agentes económicos y nos empobrecerá. Y si se sugiere reducir el gasto, enseguida el político de turno dice “dígame qué servicios recortaría usted”; la respuesta es sencilla: deme la relación completa del presupuesto y diseñémoslo en base cero. No se trata de los oficiales ni gastos de esa entidad, que suman poco. El problema es el malgasto permanente en muchas subvenciones que no sirven para nada y que dilapidan gran parte del presupuesto. Por ejemplo, los ayuntamientos se quejaban de la pérdida temporal de los ingresos por la plusvalía, tras ser declarada inconstitucional en su método de cálculo, y, sin embargo, vemos cómo suben sus presupuestos en importes equivalentes a la recaudación por dicha plusvalía, con lo que eso demuestra que, perfectamente, podrían vivir sin ella.

Se debate la reforma del Sistema de Financiación Autonómica y lo único que se pretende es obtener más ingresos para poder gastar más. Nadie piensa en devolver la deuda, porque piensan que quedará mal, que los ciudadanos les afearán reducir el gasto, cuando lo que terminarán por afearles es el endeudar a sus familias por varias generaciones.

Y todo ello, impulsado por el de la nación, que presume de contar con los presupuestos más expansivos de la historia (por el lado del gasto) y más contractivos (por la vertiente de la subida de impuestos).

Llegará un momento en el que no podamos afrontar este permanente desequilibrio, cuando se acabe la anestesia del dinero barato y entonces el despertar será brusco, lleno de recortes a los que nos habrán empujado todos los gestores que gastan sin límite y que nos hacen vivir por encima de nuestras posibilidades.

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