“Una nueva visión de la tradicional de las Islas” (Solivellas) y “las raíces musicales y su fusión con el jazz” (Malondra) son los pilares de esta propuesta encomendada a Toni Vaquer, quien además lideraba una reunión de jóvenes talentos en la presentación-primicia que tuvo lugar el 26 de noviembre en la sala magna del Auditórium de Palma. Formaba parte de la temporada de abono de la Orquestra Simfònica de les Illes Balears (OSIB).

El carácter de primicia es relevante, puesto que las partituras digitalizadas de estas adaptaciones sinfónico-jazzísticas de nuestro cancionero quedarán a disposición de las orquestas y big bands que deseen explorar. Pese a vivir un momento de solemnidad en el Auditórium, no por ello dejaba de ser un trabajo inacabado. Queda camino por recorrer en arqueología musical.

El instante mágico, a partir del cual entrar en consideraciones, tenía lugar con Sa mort de na Margalida, ese fogonazo íntimo de piano y voz, con el plantel formado por Anna Ferrer, Júlia Colom, Joana Gomila y Clara Fiol dialogando encogidamente con el teclado que dibujaba Marco Mezquida

Si bien el primer aviso nos llegaba con esa magnífica recreación, exhibida por Júlia Colom, de Cançó de segar, transmitiéndonos con inspiradora profundidad la naturaleza de las tradiciones recogidas de generación en generación. Pero en el caso de Sa mort de na Margalida, hablamos de una canción popular inspirada en hechos que ocurrieron en 1910 y que ensayos recientes políticamente correctos identifican como el “símbolo de la decadencia de nuestra cultura”. Por cierto, el artículo salado desaparece y emerge entonces La mort de na Margalida, que musicalmente adopta un significado referente de nuestra identidad como sin duda lo es Biel Majoral

Todo esto viene a cuento porque la Simfònica ha dedicado un concierto de abono a revisar la de ca nostra en clave de jazz confiando deslizar el aroma foráneo a Toni Vaquer, una especie de místico becado en Berklee. Parece ser que la apuesta ha contado con el apoyo de la directora general de Cultura, Cati Solivellas, y el gerente de la OSIB, Pere Malondra, de manera que hay, por lo tanto, una decisión política a tomar en consideración.

Quiero imaginar que en la voluntad de Vaquer estaba darle forma solemne al cancionero popular a la manera de una suite sinfónica en ocho cuadros y de ahí el discurrir continuado, sin intermedio. Lo cierto es que lo consigue y quiero pensar eligiendo conscientemente el simple boceto, que precisará todavía de mayores desarrollos, si bien lo cierto es que la propuesta resulta impactante. No hay duda alguna al respecto.

Hay momentos sublimes, mezclados con otros que lastran la maestría como incorporar algunos solos discretos ahí entre los metales, ensombrecidos por la genialidad de Mezquida. También aquel solo de batería, en La Sibil·la, que diluye con su banalidad aquellos instantes en luminosa inspiración del pianista menorquín acariciando el paraíso. Precisamente, la adaptación de El cant de la Sibil·la para instrumentos de cuerda, metales y percusión es uno de los grandes logros en todo el recorrido de esta suite. Es aquí donde se manifiesta en plenitud el nervio creador de Toni Vaquer y tal vez sea el momento en que la inspiración armoniza claramente sinfonismo y jazz.   

Mención especial merece la presencia de Marco Mezquida, a quien apenas en el intervalo de 15 meses hemos visto en el de Pollença, el Jazz Voyeur Festival y ahora con esta suite para piano, voz y orquestas. Parte del acierto de Vaquer es haber contado con él, puesto que los interludios e intermezzos se confían únicamente al piano, siendo Mezquida un depurado orfebre en la improvisación jazzística hasta enamorarnos tanta soltura. 

Es comprensible la emoción contenida del gentío sobre las tablas, viviendo un momento único, contando además con el apoyo ocasional del público y ello no debe hacernos olvidar que un concierto de abono siempre resultará equiparable al examen de un doctorando. Entonces la exigencia es objetiva. La validez de esta propuesta residía en elevar el cancionero popular hasta el límite, sublimando sus raíces y convertir el presente en una mirada nueva.

Dejo para el final la presencia de los glosadors Maribel Servera y Mateu Xurí, porque en ellos se encarna a flor de piel el significado de la tradición popular. Sus dos intervenciones eran equidistantes, la primera metidos los dos en faena como en el día a día y la segunda –netamente reivindicativa- se alzaba como un grito reclamando el lugar cenital que les corresponde.

“Veo que solamente destacas a Júlia Colom. ¿Pero qué te parecieron las voces en conjunto?”. Lou, imagino que también incluyes a los glosadors. Destaco a Júlia porque es la que a través del sentimiento mejor nos lleva al pasado, además de notarse su gran afinidad con Toni Vaquer. En cuanto al resto, está clara su procedencia: genuino crescendo entre el jaleo popular.

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